La media luna del Cementerio del Este / Tomás Montero

Posted on 2018/10/01

0



cementerio 1

Necrópolis del Este (1947). En el plano se aprecia la “media luna” y las curvas de nivel que la circundan en lo que hoy es la rotonda de la Pta. De O’Donnell (Avda. de las Trece Rosas con calle Santa Irene), junto a la Tapia de los homenajes. 

Quizá sean los familiares de las víctimas del terror las personas más fuertes, sensibles e interesadas en conocer minuciosamente cada detalle de cómo transcurrieron los últimos instantes de los suyos. Poder recuperar sus historias, fotografías, cartas o cualquier pertenencia por insignificante que pueda parecer, resulta una pequeña victoria contra la desaparición y el olvido con que fueron aderezadas sus condenas a muerte.

Recientemente, gracias a un extracto de las memorias inéditas de Manuel Muñoz del Molino, facilitado por el escritor investigador José María del Palacio, ha sido posible comparar su testimonio con los ya aportados por otras fuentes y determinar con mayor exactitud el lugar donde tuvieron lugar las ejecuciones en el Madrid de la posguerra.

Manuel Muñoz del Molino, que llegó a conocer una decena de prisiones franquistas, añade a su relato, coincidente con otros ya conocidos, un detalle novedoso de gran importancia para determinar el sitio exacto donde la recién instalada dictadura militar acabó fusilando a cerca de tres mil personas.

“Hubo un tiempo en el que estos condenados que iban a ser ejecutados salían por su pie de estas celdas terroríficas hasta los camiones que les esperaban en la puerta de la Prisión. Esta caravana lúgubre, que había noche que la componían hasta veinte camiones, sobre las tres de la mañana enfilaba por la calle de Alcalá, dirección Cementerio del Este, donde cerca de sus tapias iban a ser fusilados.

Para llevar acabo tal acción, habían construido una plazoleta, en forma de media luna, con el piso de cemento y un sumidero en medio que recogía la sangre e iba a parar al alcantarillado. Existían tres nidos de ametralladora, con fuego cruzado y unos potentes reflectores”.

(Manuel Muñoz del Molino 1940)

cementerio 2

Fotografía aérea del Cementerio, 1946, donde se aprecia con claridad “la media luna” y el talud existente.

A continuación, Manuel relata que su fuente es un capitán del ejército franquista, y es que de los fusilamientos solo regresan los verdugos:

“Esta información es auténtica, facilitada por un Capitán, que una de las noches le tocó a su compañía efectuar este servicio. De la impresión recibida aquella noche estuvo cerca de dos meses en cama, pasando al Ejército de adonde procedía”.

Josué Lillo, hijo de Pedro Lillo Caballo, fusilado en la saca del 5 de agosto de 1939, también nos legó antes de fallecer su valioso testimonio. Él sabía bien de esa vaguada donde “de chavales iban a recoger los casquillos de la munición empleada para venderlos como chatarra”. Las manchas de sangre y los montones de arena para su reposición tampoco les pasaron desapercibidos. Él fue el primero en contarnos que los fusilamientos eran extramuros.

Sin duda, durante ese largo lustro de crímenes con marchamo oficial que abarcó en este lugar desde 1939 a 1944 (año en el que la prisión provincial de Porlier se traslada a Carabanchel) el aparato represor se fue adaptando a las circunstancias y variando las formas y fórmulas para perpetrarlos, por lo que la mayor parte de las versiones conocidas son perfectamente compatibles y complementarias.

cementerio 3

Google Map. El círculo indica el lugar de fusilamientos sobre fotografía aérea actual

La necesidad de emplear un sumidero al alcantarillado para hacer desaparecer la sangre, probablemente también con la ayuda de mangueras para limpiar el piso de cemento, muestra gráficamente el horror y como las autoridades franquistas convirtieron aquel recodo del cementerio en un matadero de personas al aire libre funcionando a destajo.

Como es de suponer, el vecindario limítrofe sintió alivió cuando las ejecuciones se trasladaron al Campo de Tiro de Carabanchel. Las atronadoras descargas de madrugada y el tableteo de las ametralladoras no les permitían conciliar el sueño ni, seguramente, la conciencia, así como los cánticos y consignas que se coreaban en el convoy de las noches de saca desde Porlier a la Carretera del Este, lo que solventaron al poco tiempo los pelotones de ejecución empleándose a fondo con mordazas y alambres.

En 1960 ya se había construido la nueva Puerta de O’Donnell sobre la media luna de los fusilamientos acabando con cualquier vestigio de lo allí sucedido. Estaba en pleno auge la ampliación del cementerio. La tapia antigua continuaba intacta a lo largo de todo su trazado, tal y como se puede apreciar en la zona central de este fotograma correspondiente al interesante documental coproducido por J.A. Bardem, Día de los muertos, de Joaquín Jordá y Julián Marcos.

cementerio 5

Día de los muertos (fotograma). Arriba de la imagen se puede apreciar la nueva puerta de acceso de O’Donnell

A pesar de las condiciones imposibles, esposas, madres, hijos y compañeros, acudían con frecuencia junto a las fosas de sus familiares fusilados. Josué Lillo cuenta cómo vivió de chiquillo aquella experiencia:

“Subíamos andando campo a través, desde Vallecas, por el camino del “Barrio de las latas” (hoy Moratalaz), y subiendo la cuesta llegábamos hasta las tapias del cementerio. Un reguero de mujeres, niños y algunos hombres, todos de negro… Era tanta la gente que acudía que parecíamos hormigas unas detrás de otras.

No contentos con lo que habían hecho, nos obligaban a dar la vuelta al cementerio (a la entrada más lejana) para llegar al mismo sitio y poder acercarnos a las tumbas de nuestros seres queridos.

Ya ante las tumbas todo eran llantos contenidos, pues no se podía llorar porque éramos rojos y no teníamos derecho a acordarnos de los nuestros.

Fueron años de hambre, miedo, soledad, miseria y todas las penurias imaginables.
Cuando iba con mi hermano, los dos solos y agarrados de la mano, aunque éramos muy niños las miradas las sentíamos dentro causándonos dolor, pues había de todo: unas nos despreciaban, a otras les inspirábamos lástima y otros pocos, que fueron los mejores nos dieron protección y cariño.

“A los 11 años del fusilamiento nos llamaron del cementerio para ver si queríamos exhumarle. Mi madre le reconoció por el traje de rayas azul marino que llevaba. Había otras familias, mujeres, niños haciendo lo mismo que nosotros. Fue tétrico”.

En plena posguerra no pudieron pagar una sepultura permanente, así que lo enterraron en una temporal con su nombre. “A los 10 años, cuando cumplía el plazo, no nos localizaron y con el tiempo lo perdimos de nuevo. Mi madre se puso enferma el día que lo sacamos. Hoy daría lo que fuera por poder enterrarlos juntos”, nos explicaba emocionado Josué Lillo. No podrá.

Posted in: Novedades