Contrafactuales son útiles, pero el pensamiento mágico es peligroso / Valerio Arcary

Posted on 2019/01/11

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Contrafactuales son útiles, pero el pensamiento mágico es peligroso.

Valerio Arcary

Professor titular en el Instituto Federal de São Paulo, doctor en Historia (USP), miembro del “Partido Socialismo e Libertad” (PSOL). Autor de “As esquinas perigosas da história”, fue miembro de la Ejecutiva Nacional del PT y presidente del PSTU.
30/12/2018

El análisis del breve proceso electoral de 2018 no es suficiente como ejercicio de explicación de la victoria de Bolsonaro. Porque si la lucha electoral fue un momento fundamental, la comprensión de la derrota política más seria que la izquierda brasileña haya sufrido desde el final de la dictadura militar remite, necesariamente, a una interpretación de la situación abierta desde 2015/16.

Sin la percepción de la dinámica regresiva de los últimos tres años es imposible comprender la derrota electoral. Dinámica que pasa por la decisión del gobierno Dilma Rousseff de rendirse a la presión de los capitalistas y nombrar a Joaquim Levy para la realización del choque fiscal que sumergió al país en la recesión. Se radicalizó con la decisión de una fracción de la clase dominante, entonces minoritaria, de convocar a las clases medias a las calles, en marzo de 2015, denunciando las elecciones y apoyada en la operación Lava Jato. Se profundizó con las secuelas de la crisis económico-social más grave de las últimas décadas: cuatro años de estancamiento crónico que dejaron a la clase trabajadora perpleja, a la defensiva y en gran medida “rota” con el gobierno del PT. Todo dio un salto de calidad a partir de marzo/abril de 2016 cuando más de cuatro millones de “amarelinhos” fueron a las calles para tumbar a Dilma Rousseff. En la secuencia vinieron la votación del impeachment, la toma de posesión de Temer y el inicio de las contra-reformas, la condenación, prisión e impedimento de la candidatura de Lula. Una secuencia ininterrumpida de derrotas.

No podemos hoy decir si la elección de Bolsonaro culmina esta dinámica regresiva con una derrota histórica. Dentro de algunos meses, dependiendo sobretodo de la capacidad de resistencia popular, podremos tener una perspectiva más clara. Pero no resta dudas que estamos en una situación reaccionaria.

La salida de Temer y la llegada de Bolsonaro no deberá ser solamente un cambio de gobierno. El régimen político de dominación ya se ha venido transformando después del impeachment a Dilma Rouseff. El equilibrio de poder entre las instituciones del Estado, que asumió la forma semipresidencial desde 1988, fue parcialmente desfigurado a lo largo de los dos últimos años. El golpe parlamentario abrió el camino para el fortalecimiento de los poderes no electos, judiciario y aparatos represivos del Estado (Fuerzas Armadas y Policías), tendencia que será reforzada. Crecerán las tendencias al bonapartismo, o sea, a la concentración de poder que disminuyen el lugar de los contrapesos que son propios de un régimen electoral.

Una derrota histórica ocurre solamente cuando toda una generación se desmoraliza y pierde la confianza en sus fuerzas. Significa que una relación social de fuerzas contrarrevolucionarias se consolida, indefinidamente. Una derrota de estas proporciones es de la máxima gravedad. Cuando ocurrió, en 1964, fue necesario un intervalo histórico de quince años para que madurase un proceso de acumulación de fuerzas y una nueva generación se pusiera en movimiento. No parece que sea así ahora.

Lo que vimos en las calles, en escala nacional con el #elenão el día 29 de septiembre y en los 10 días anteriores a la segunda vuelta sugiere que no es, por ahora, la situación brasileña. Bolsonaro ganó en las urnas, pero tendrá que medir sus fuerzas en las calles. Las luchas decisivas las tenemos delante.

Pero no basta considerar estas referencias generales para pensar las elecciones. Estas están todavía en un nivel de abstracción muy alto. Es necesario evitar el error metodológico del autoengaño o inversión de perspectiva. No es el futuro que explica el pasado, sino lo contrario. Lo que ocurrió fue lo que determinó el desenlace. Toda lucha político-social, inclusive las electorales, son un proceso en disputa. El desenlace de la lucha no explica el proceso. Este error es una ilusión de óptica. Este método anacrónico se llama finalismo. Fatalismo no es un análisis serio. Son las condiciones concretas de la lucha trabada lo que explica porque los vencedores prevalecieron.

La victoria de Bolsonaro no demuestra que él era imbatible. Las elecciones estaban en disputa. El resultado ratificó que él era el favorito. Pero no fue percibido de esta manera. No fue entendido así por la fracción paulista de la burguesía que confió que Alckmin podría acreditarse como el candidato del “centro” frente a los dos “extremismos”. No fue identificado tampoco por el PT como el enemigo más peligroso. Hoy no hay controversia sobre que el peligro del “invierno siberiano” fue subestimado. Porque se confirmó que la inmensa hostilidad a lo que representó el gobierno Temer no se transformó en repulsa a Bolsonaro. También se confirmó que el rechazo al neofascista era menor que el rechazo al PT después de trece años y medio en el gobierno. En fin, perdemos la elección: ¿por qué? Un buen criterio es ponernos las “sandalias de la humildad”. Este tema será estudiado en los próximos años y como todo problema complejo, tiene muchas determinantes. Pero una buena hipótesis de trabajo es empezar admitiendo que perdimos, en primer lugar, en función del sentimiento antipetista.

Frente a este problema hay dos respuestas en la izquierda. ¿Debe o no ser considerado como reaccionario el antipetismo? La respuesta inescapable es que no fue, infelizmente, progresiva la ruptura de los sectores populares col el PT. Fue reaccionaria. Como siempre ocurre en la lucha de clases fue compleja y contradictoria.

Seria miopía no comprender que en parcelas de la juventud urbana asalariada con escolaridad más elevada, pero precaria inserción en el mercado laboral, despertada para la lucha política en junio del 2013, ocurrieron desplazamientos a la izquierda que favorecieron al PSOL. Pero lo que prevaleció en los últimos cinco años fue el desplazamiento a la derecha. Fue la clase media enfurecida y movilizada en las calles por la histeria de los discursos de la extrema derecha quien arrastró, electoralmente y sobre todo en las regiones sudeste y sur del país, la votación a parcelas confusas de la clase trabajadora.

Contrafactuales son útiles, pero el pensamiento mágico es peligroso. El PT fue tumbado porque la clase dominante no estaba más dispuesta a tolerar un gobierno de colaboración de clases después de la dimisión de Levy. Si el PT hubiese radicalizado a la izquierda, la burguesía hubiera girado a la oposición más temprano. Los métodos no habrían sido solamente reaccionarios, habrían sido contrarrevolucionarios. Claro que los gobiernos del PT deberían haber avanzado con medidas más duras contra el capital. Si lo hubiera hecho, al calor de las movilizaciones de junio de 2013, habría preservado y ampliado el apoyo de la clase trabajadora y de los oprimidos. La lucha habría sido feroz. Pero las opciones de victoria habrían sido mucho mejores.

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