La Izquierda brasilera y el cambio de estrategia / Valter Pomar

Posted on 2019/01/11

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La Izquierda brasilera y el cambio de estrategia

Valter Pomar

Visto de cerca o visto desde lejos, el capitán Jair Messias Bolsonaro, del Partido Social Liberal (PSL) tiene todos los rasgos de un cavernícola. Pero Bolsonaro recibió 57 millones de votos en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales de 2018.

Fernando Haddad, candidato del PT después de que el Tribunal Superior Electoral (TSE) de Brasil impuso un veto a la candidatura de Lula, recibió 47 millones de votos. Además, 31 millones de brasileños y de brasileñas votaron blanco, anularon el voto o no comparecieron a votar.

Defensor acérrimo de los Estados Unidos y enemigo mortal del Partido de los Trabajadores, Bolsonaro fue diputado federal durante 27 años y siempre defendió públicamente la dictadura militar, la tortura de presos políticos, el racismo, la homofobia, la misoginia.

En el período más reciente, ya como candidato a la presidencia de la República, Bolsonaro se destacó también por la defensa de un programa económico ultraliberal, que resumía en una frase que él repetía siempre que podía: la gente tiene que elegir entre tener derechos y estar desempleado o renunciar a los derechos y tener empleo.

Una vez elegido presidente, Bolsonaro no cambió de tono, ni de actitud. Su ministerio es tan cavernícola como su titular. En esto, por lo menos hasta ahora, Bolsonaro marca una diferencia importante frente a muchos liderazgos políticos de izquierda y centro-izquierda, que se eligen guiñando a la izquierda y después gobiernan con el centro-derecha.

A pesar de esto, hay quien crea que el gobierno Bolsonaro será parecido a los gobiernos José Sarney (1985-1989), Fernando Collor (1990-1991), Itamar Franco (1992-1994) y Fernando Henrique (1995-2002). Por lo tanto, un gobierno al que haremos una oposición “normal” y contra el cual disputaremos en las elecciones de 2020 y 2022.

Pero esto es una ilusión. El Gobierno Bolsonaro no se limitará a un programa ultraliberal y de sumisión a los Estados Unidos. El Gobierno Bolsonaro buscará implementar desde el primer día un plan sistemático de destrucción de las libertades democráticas, es decir, de todos los espacios, organizaciones y leyes que permitieron que – desde 1989 hasta 2014 – la izquierda brasileña fuera una alternativa de gobierno y pudiera soñar con convertirse en alternativa de poder.

Están en la mira del gobierno Bolsonaro: los derechos de movilización y lucha; los sindicatos y las centrales sindicales; los movimientos sociales urbanos y rurales; y los partidos de izquierda, especialmente el Partido de los Trabajadores. También las ideas de izquierda seguirán siendo estigmatizadas, perseguidas y criminalizadas. Y nadie se engañe en cuanto a esto, también están en la mira del gobierno Bolsonaro la vida y la libertad de los militantes de la izquierda brasileña.

Cambio de régimen

Aunque los golpistas no lleguen al punto de impedir la actuación legal del PT es posible decir que las elecciones de 2018 abrieron el camino para un cambio en el régimen político brasileño. En otras palabras, las clases dominantes no aceptan más conducir la disputa política en los marcos de la Constitución de 1988. Quieren un régimen político que proporcione menos libertades democráticas y donde la izquierda tenga aun más dificultades para convertirse en alternativa de gobierno y poder.

¿Por qué las clases dominantes brasileñas no aceptan más el régimen político inaugurado en 1988?

En primero lugar, porque nunca lo aceptaron realmente. Aunque la Constitución de 1988 fuera muy limitada, parte de las clases dominantes decían que hacia Brasil un país ingobernable al contemplar demasiados derechos para el pueblo. Por eso los gobiernos Collor (1990-1991), Itamar (1992-1994) y Fernando Henrique Cardoso (1995-2002) fueron llenos de intentos de cambiar la Constitución.

El gobierno Lula (2003-2010) fue el primero que intentó cumplir la Constitución, lo que no deja de sonar irónico si recordamos que el PT, por discordar de los limites de la Constitución de 1988, orientó a su grupo parlamentario en el Congreso Constituyente a pronunciarse por el “no” cuando de la votación simbólica del texto completo.

Pero en los tres primeros años (2003-2005), la política económica del gobierno Lula fue de conciliación con el neoliberalismo. Y mismo después del cambio en la política del gobierno, las clases dominantes vivieron algunos años de relativa tranquilidad una vez que los avances sociales no se hacían a cuenta de sus beneficios, sino esencialmente debido a la ampliación de los ingresos externos causados por el boom de las comodities.

Pero, la crisis internacional de 2008 y la posterior reacción de los Estados Unidos y Europa a la crisis provocó una reducción en los beneficios provenientes del comercio y de las inversiones exteriores. Los capitalistas brasileños propusieron compensar esta reducción de los ingresos externos, reduciendo el valor recibido por las clases trabajadoras, directamente por medio de sus salarios o indirectamente por medio de los impuestos pagados al Estado para financiar servicios públicos y transferencias de renta destinadas a la clase trabajadora.

Pero para reducir el salario directo e indirecto de la clase trabajadora, era necesario derrotar el PT. Se intentó, pero no se consiguió hacer esto en las elecciones de 2014. Entonces las clases dominantes pasaron al golpe que tuvo éxito en 2016. Pero aún tras el golpe la izquierda siguió con fuerza lo que “obligó” los golpistas a impedir la candidatura de Lula, quién podría haber vencido las elecciones presidenciales de 2018. Pero aún sin Lula directamente candidato, la izquierda fue a la segunda vuelta y obtuvo 47 millones de votos.

Es por esto que los capitalistas brasileños y sus representantes políticos y mediáticos están convencidos de que se hace necesario reducir las libertades democráticas, reprimir a los movimientos, destruir las organizaciones sindical y popular, criminalizar a la izquierda partidaria y nuestras ideas. En otras palabras, están convencidos de que se hace necesario “cambiar de régimen político”.

¿El cambio de régimen va hasta qué punto? ¿Una dictadura militar clásica? ¿Un neofascismo tupiniquim? Aun no hay como saberlo, entre otras cosas, porque eso dependerá en parte de la situación internacional, en parte de la resistencia ofrecida por la izquierda y las clases trabajadoras.

Sin embargo, es posible decir que el principal enemigo del nuevo régimen naciente es el Partido de los Trabajadores, porque el PT fue entre 1989 y 2018, y sigue siendo hoy, el principal protagonista de las fuerzas de izquierda, democráticas y populares.

Una nueva estrategia

Por lo tanto, desde noviembre de 2018, el desafío puesto para el conjunto de la izquierda brasileña es cualitativamente diferente del que enfrentamos entre 1989 y octubre de 2018.
Es lo que hace urgente, inaplazable e ineludible que cada organización de la izquierda brasileña rediscuta su estrategia, su programa, sus formas de organización y sus tácticas. La adoptada hasta hoy no sirve más.

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