Inicio de curso escolar: Primo Levi (174.517) / Carlos Gil Andrés

Posted on 2019/09/16

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Carlos Gil Andrés Fuente: Conversación sobre la historia

Entre sus libros más recientes destacan Lejos del frente (Crítica, 2006)Piedralén (Marcial Pons, 2010) y 50 cosas que hay que saber sobre historia de España, (Ariel). Junto a Julián Casanova es autor de Historia de España en el siglo xx (2010) y Breve historia de España en el siglo xx, (Ariel, 2012).

El 11 de abril de 1987 amaneció en Turín limpio y frío, como de estreno de primavera. Aquel día los escolares de un pequeño pueblo del Piamonte esperaban la visita de un escritor. Iban a escuchar su testimonio sobre el horror nazi vivido en los campos de concentración. El aula estaba repleta y expectante, pero los minutos pasaban y el invitado se retrasaba. Nunca llegó a la cita. Al salir de su domicilio, a las diez de la mañana, Primo Levi se había lanzado al vacío desde el tercer piso del número 75 de Corso Re Umberto.

Ahora que comienza el curso escolar merece la pena recordar a Primo Levi, justo cuando acaba de cumplirse el centenario de su nacimiento. Al estallar la Segunda Guerra Mundial era un joven estudiante, de origen judío, a punto de graduarse en Química en la Universidad de Turín. Las leyes racistas de Mussolini y la ocupación alemana determinaron su decisión de unirse a la resistencia antifascista. En 1943 fue capturado y enviado a Auschwitz. Cuando consiguió regresar a su casa, después de la liberación del campo, y de sufrir todo tipo de penalidades, solo le acompañaban tres de los seiscientos cincuenta deportados del viaje de ida.

Primo Levi y su hermana Anna Maria antes de la II Guerra Mundial.

Los veinte meses pasados en Auschwitz cambiaron para la siempre la vida del joven italiano. Recordar es un deber, escribió en Si esto es un hombre, su primer libro, publicado en 1947. Después siguieron La tregua (1963), Los hundidos y los salvados (1986) y varios libros de relatos cortos y poemas. Primo Levi era un superviviente que no quería olvidar y, sobre todo, que no quería que el mundo olvidara su experiencia. Porque los Lager no fueron un accidente ni un hecho imprevisto en la Historia. Porque, salvo excepciones, los ejecutores no eran monstruos sino hombres comunes, gente corriente, como cualquiera de nosotros.[1] Porque dentro del orden infernal de los campos no existían los buenos y los malos sino los hundidos y los salvados. Los mejores murieron todos, repetía en sus libros. Los que sobrevivieron fueron los más aptos dentro de una lucha desesperada, inhumana, feroz. Fue uno de los primeros que asumieron el deber de memoria como un antídoto para evitar la repetición del horror padecido. Traer al presente el sufrimiento pasado para ayudar a construir el futuro, dar que pensar no sólo los judíos, los italianos o los alemanes del mañana sino al Homo sapiens que dicen que somos.[2]

No conocemos con certeza la causa del suicidio de Primo Levi. Puede que le empujara a ello la depresión que sufría, sus problemas de salud o un arranque no meditado. La mañana de su muerte dijo que no podía seguir adelante, que cada vez que miraba a su madre, enferma de cáncer, recordaba los rostros moribundos de aquellos hombres tendidos en sus literas. Durante años se despertó en medio de un sueño lleno de espanto, una angustia profunda, la impresión de estar otra vez allí, de que todo lo que había fuera, la familia, la naturaleza, las flores, la casa, era un engaño de los sentidos: “oigo sonar una voz, muy conocida; una sola palabra, que no es imperiosa sino breve y dicha en voz baja. Es la orden del amanecer en Auchwitz, una palabra extranjera, temida y esperada: a levantarse. Wstawác”.[3] En su tumba del Cementerio Monumental de Turín, sobria y humilde, junto a su nombre y las fechas que abrieron y cerraron su existencia, figura un número, 174.517, el de su paso por el Lager.

Recordar hoy a Primo Levi, al comenzar el curso escolar, tiene mucho sentido. Además de su trabajo de químico, y de su tarea como escritor, se dedicó a hablar a los jóvenes como si fuera una tercera profesión. Lo sentía como un deber y a la vez como un riesgo. El deber de contar que lo que había sucedido, lo impensable, podía volver a ocurrir; el riesgo de resultar anacrónico, de no ser escuchado. Uno de sus biógrafos cuenta más de ciento treinta visitas a centros de enseñanza.[4] Una y otra vez insistía en la importancia de la educación. Los jóvenes alemanes que había conocido estaban hechos de la misma pasta que los europeos que se convirtieron en sus víctimas. Tenían el mismo rostro, decía, pero habían sido maleducados, habían sufrido una aterradora deseducación impuesta desde la escuela. Lo había visto con sus propios ojos: “los niños-soldado se mantenían a la escucha, devotos y trastornados. Vistos de cerca, producían pena y horror a la vez. Se les veía demacrados y temerosos, pero nos miraban con odio intenso; nosotros éramos, pues, los culpables de todos los males, de las ciudades en ruina, de la carestía, de sus padres muertos en el frente ruso”.[5]

Cuando Primo Levi se lamentaba de lo frágil que había sido el “esqueleto moral” de la juventud de su época ponía como ejemplo la capacidad mostrada por el nacionalsocialismo para degradar a sus víctimas e, incluso, para hacerlas semejantes a él imponiendo complicidades grandes y pequeñas. La implicación de los kapos, la diligencia de los funcionarios, la falta de escrúpulos de los pequeños jerarcas, la colaboración necesaria de los “subordinados que firman todo, porque una firma es poco importante; de quien mueve la cabeza pero consiente; de quien dice si no lo hiciese yo, lo haría alguien peor que yo”. Y se hacía una pregunta que, muchos años después de su muerte, podríamos repetirnos cada mañana, después de ver las noticias o leer el periódico: ¿Y nuestro esqueleto moral? “¿El de los europeos de hoy, es fuerte?”.[6]

En las charlas escolares, el escritor italiano pedía a los estudiantes, siempre que tenía ocasión, que desconfiaran de las grandes palabras, de las proclamas nacionalistas y de los jefes carismáticos, que se dedicaran a otras verdades más modestas, las que se conquistan con mucho trabajo, por el estudio, la discusión y el razonamiento.[7] Un buen lema para iniciar un curso escolar.

El escritor italiano pensaba, esperanzado, que la memoria de la barbarie padecida en el corazón de Europa podía servir de sostén y admonición, de señal de peligro para los jóvenes que alguna vez vuelvan a escuchar a alguien decir “todo extranjero es un enemigo”. Nos lo sigue diciendo a todos en los versos del poema que encabeza su primer libro: “Pensad que esto ha sucedido:/ Os encomiendo estas palabras./ Grabadlas en vuestros corazones/ Al estar en casa, al ir por la calle,/ Al acostaros, al levantaros:/ Repetídselas a vuestros hijos”.[8] Eso tenemos que hacer los profesores de historia este curso, y el que viene, y el siguiente: repetir sus palabras a vuestros hijos.

 

[1] Primo Levi, Si esto es un hombre, Barcelona, Muchnik, 2000, p. 209.

[2] Reyes Mate, El Tiempo, tribunal de la Historia, Madrid, Trotta, 2018, pp. 12-13.

[3] El relato del sueño angustioso en Primo Levi, La tregua, Barcelona, El Aleph Editores, 2005, p. 348.

[4] Ian Thompson, Primo Levi, Barcelona, Belacqva, 2007, pp. 426 y 497. Los últimos días del escritor italiano y las hipótesis sobre su suicidio en las páginas 656-668.

[5] Primo Levi, “Última Navidad de guerra”, Cuentos completos, Barcelona, El Aleph Editores, 2009, p. 830.

[6] Primo Levi, Los hundidos y los salvados, Barcelona, Muchnik, 2001, p. 63.

[7] Si esto es un hombre, p. 210.

[8] Si esto es un hombre, pp. 9 y 11.

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