Laicidad, islamofobia e hidra islamista en Francia / Román Echaniz – Nueva Tribuna

Posted on 2019/10/21

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Francia ha implementado desde 2015 planes de prevención, manuales de formación y plataformas didácticas contra la amenaza del terrorismo y la radicalización yihadista. El pasado 3 de octubre Mickaël H, funcionario administrativo desde 2003 dedicado a labores informáticas en la Dirección de Inteligencia de la Prefectura de Policía (DR-PP) cerca de la Catedral de Notre Dame, hirió de muerte a cuatro funcionarios del Ministerio del Interior tras pasar por un proceso de radicalización. Un atentado en el corazón de la seguridad interior de la República. El fracaso en la prevención ha de asumirse como un hecho cierto e inevitable. Nada es infalible y difícilmente pueden evitarse todos los atentados. La verdadera resistencia está en asumir este hecho.

Desde el año 2012, el terrorismo ha dejado en Francia más de 260 muertos en 18 atentados y se han abortado 59 atentados de diverso alcance, 58 de ellos por contar con fuentes humanas. Desde febrero del 2018 se han cerrado 12 lugares de culto, 9 centros culturales, 4 escuelas y 129 teterías y establecimientos “Kebap” por su vinculación al salafismo yihadista.

Anticipar y predecir  son esenciales para una mejor prevención en materia de política antiterrorista. Para ello ha sido habitual el uso de metáforas y analogías que si bien tienen una utilidad limitada pueden estimular el pensamiento divergente  como indica el Profesor Manuel Moyano de la universidad de Córdoba.

Tal es el caso del mito de la Hidra de Lerna, monstruo en forma de serpiente de múltiples cabezas, cuya fortaleza está en su capacidad de regenerar en dos o más cabezas cada una que pierde. La política antiterrorista no debe  basarse exclusivamente en medidas reactivas y es en esta tesitura donde el gobierno francés parece querer centrar sus hercúleos esfuerzos. Vencer la hidra islamista.

El ministro del Interior, Christophe Castaner  y el secretario de Estado Laurent Núñez  están siendo ampliamente cuestionados y ambos están tratando de paliar las críticas con un amplio despliegue informativo. Durante el funeral de estado, el presidente Macron dejó que fuera él ministro Castaner quien impusiera la Legión de Honor a los fallecidos, despejando dudas len torno al apoyo del presidente a la gestión del ministro.

Ahora bien, el discurso del presidente no deja dudas sobre cuál es el análisis que de la situación hace el gobierno, “No ganaremos salvo si nuestro país se levanta para luchar contra este islamismo subterráneo que corrompe a los hijos de Francia. Una sociedad de vigilancia: he aquí lo que nos corresponde construir”. Una sociedad vigilante es “saber detectar en el colegio, en el trabajo, en los lugres de culto, cerca de casa, las desviaciones, esos pequeños gestos que indican un alejamiento de los valores y las leyes de la república. ¿Por qué una sociedad vigilante? Pues las “instituciones no bastan por sí solas. La Administración y todos los servicios del Estado no pueden vencer a la hidra islamista. No. Es la nación toda entera la que debe unirse, movilizarse, actuar.”

La síntesis, de quien parece delegar en la sociedad la responsabilidad de la vigilancia tras un atentado en el que han fallado todos los protocolos de prevención  parece obvia. La sociedad francesa  debe  alzarse contra la hidra islamista, el islamismo subterráneo. Según el presidente francés, “Debemos hacerlo por nuestros muertos, nuestros hijos, por la nación”. El propio ministro del interior llamo a “un despertar colectivo frente al Islam político”. ¿Acaso la sociedad francesa no había despertado aún?

Esta llamada a la unidad en un momento en el que se está cuestionando la gestión del ministerio del Interior tiene mas de oportunismo que de análisis de la realidad. Máxime cuando el análisis del problema del ecosistema yihadista, en esa suerte de hidra islamista no es ninguna novedad en el hexágono.

La laicidad es un espacio común de convivencia. Su defensa nada tiene que ver con la islamofobia. Un paso atrás puede suponer el paso de la ciudadanía al comunitarismo

Este discurso ha abierto un debate  sobre cuál es el papel que ha de jugar la vigilancia de la sociedad en materia antiterrorista. La cuestión toma como base la defensa de los valores de la República y uno de sus pilares fundamentales, la laicidad. La defensa de los valores Republicanos está en el plan de prevención del gobierno francés. De hecho es habitual que los planes de prevención incluyan la defensa de los  valores vertebradores y constitucionales de cada país.

Es esa misma laicidad que el presidente de Macron quiso edulcorar junto al primer ministro Edouard Philippe y el ministro del Interior, Christophe Castaner, recibiendo en enero de 2018 a los representantes de las distintas confesiones religiosas. Por aquel entonces, en un guiño a los católicos, Macron aseguró que estos eran “profundamente desconocidos por la clase política”, invitándoles “a participar abiertamente en la vida política de Francia y de Europa”. Hecho sin precedentes que fue interpretado en clave netamente política del Macronismo y la simbología del poder.

El cuestionamiento de la Ley de 1905 de separación entre iglesias y Estado tuvo otro revulsivo en noviembre de 2018 cuando el gobierno se planteó reformar la ley con el objetivo de regular la financiación del Islam en Francia. La ministra de Justicia, Nicole Belloubet, declaró que no se trataba de reescribir la Ley de 1905, “Lo urgente, en mi opinión, es que podamos trabajar juntos en un islam de Francia que aclare cuestiones ligadas a esa religión, sobre la formación de los imanes, etcétera”. El diario L’Opinion reveló que el objetivo del gobierno era adaptar la ley de 1905 al avance del integrismo islamista, limitando la influencia extranjera y mejorando la transparencia de las estructuras musulmanas dándoles acceso a subvenciones públicas para la reparación y renovación energética de los edificios religiosos. Puede ser que estas medidas sean útiles para frenar el islamismo pero cuestionan uno de los fundamentos de la República. La cuestión pasa por discernir si estas medidas son lo suficientemente productivas como para modificar la Ley de 1905 en una aventura colaborativa con el Islam cuyo éxito es incierto. Véase el ejemplo del Reino Unido.

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La laicidad es un espacio común de convivencia. Su defensa nada tiene que ver con la islamofobia. Un paso atrás puede suponer el paso de la ciudadanía al comunitarismo. En este contexto de debates en torno a la laicidad y el terrorismo, muchos medios parecen confundir la información con el entretenimiento, el análisis sosegado con la charla de café.

La SNFC, la sociedad estatal del ferrocarril ha emitido una circular prohibiendo a sus empleados musulmanes rezar en su lugar de trabajo, incluidos los descansos, llevar la alfombra para la oración, advirtiendo incluso que la negativa a estrechar la mano a alguien del sexo opuesto se considerará una falta grave. El propio director adjunto de Le FigaroY. Thréard aseguró en televisión que “Detesto la religión musulmana […]. En alguna ocasión me he bajado de un autobús al encontrarme a una persona con velo”.

Y es en medio de esta polémica y de los réditos políticos que de ella parecen intentar lograr partidos como el Frente Nacional cuando aparecen personajes de la talla de Robert Badinter, expresidente del Consejo Constitucional de la República, exministro de justicia y miembro del Partido Socialista francés de la era Mitterrand en una Francia, que parece huérfana de autoridades morales republicanas.

Badinter fue invitado el pasado sábado por la noche al programa de televisión “C l’Hebdo”, de France 5. Sobre la polémica del velo, aseguro que la laicidad es una “gran barrera contra el veneno del fanatismo” en una “República basada en el respeto a los demás” en alusión al uso de símbolos religiosos en las estructuras escolares de colaboración con las familias. Sí, el velo. La laicidad pretende ser un centro de unión y no de separación sin que ningún ciudadano, tenga la religión que tenga, quede excluido de este compromiso. La laicidad y sus límites no son solo una cuestión de legalidad, si no un compromiso social y cultural republicano. Portar el velo no debe de ser motivo de discriminación, tampoco de exclusión aun que debe de tener sus límites.

Ante la actual situación de confusión a la que se ha de añadir la llamada de Macron contra la hidra islamista, Robert Badinter aseguró que “olvidamos con demasiada frecuencia, en términos de terrorismo, que en el mundo, más del 80% de las víctimas del terrorismo son musulmanes. Son las primeras víctimas del terrorismo islamista. La diferencia entre islamismo e islam es evidente”. El ecosistema en el que se mueve el salafismo yihadista es el islamismo. La diferencia entre el islamismo e Islam son evidentes. Tan nítidos como la diferencia entre islamofobia y laicidad.

En el caso de España, país aconfesional, los acuerdos de cooperación con las distintas religiones ha derivado en una suerte de pluri-confesionalidad. Ahora bien, es razonable que la cooperación habrá de estar reglada limitándose a aquellos aspectos que sean de interés para el Estado, sin caer en el estímulo de la religiosidad, el proselitismo y la subvención de actividades confesionales. En el caso del Islam, son las organizaciones, centros y oratorios que actúan al margen de las federaciones firmantes de los acuerdos de cooperación las que cuentan con una mayor invisibilidad y una  mayor posibilidad de poseer  un discurso extremista.

La administración no puede vivir al margen de la existencia del hecho religioso. Reglar y limitar no significa colaborar activamente en convertir a las confesiones en sujeto de derechos más allá del derecho a la libertad religiosa del ciudadano. A modo de ejemplo, el Consejo de Estado francés acaba de autorizar el sacrificio de animales con fines rituales sin el aturdimiento preceptivo propio. Este hecho se vincula al Judaísmo e Islam. Si un matadero no puede sacrificar animales sin aturdimiento por considerarlo innecesario, ¿Por qué ceder ante de las confesiones religiosas?

El derecho a la libertad religiosa es de los ciudadanos y no de las confesiones, siendo la verdadera discriminación, la de quienes exigen un trato diferencial en función de su adscripción religiosa, habitualmente rigorista y muy conservadora dividiendo el cuerpo social en multitud de confesiones. La propia, que es siempre la religión verdadera y el resto, siempre anclada en el error o la herejía.

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