Hablar con Handke / Pedro A. García Bilbao

Posted on 2019/11/10

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Hablar con Handke

I

Fue en 1991. Trabajaba yo en la Cruz Roja en Madrid, con solicitantes de asilo y refugio. Había estallado ya la guerra yugoslava. Me afligían cada día las noticias y lo que veía en el trabajo. No olvidaba la Yugoslavia que conocí en el largo verano de 1984. Había sido un viaje muy personal. Trieste en la frontera, con sus tumbas de reyes carlistas en una ciudad que había tenido ni se sabe cuántas nacionalidades; aquel minarete que salía al encuentro del tren al entrar en el país y que nos gritaba que una media luna tiene dos picos. La sensación de seguridad que me dieron los milicianos de la guardia fronteriza, con sus Ak.47 y sus estrellas rojas, la mística partisana y brigadista que latía, si la buscabas en cada ciudad. No olvide nunca en estos años aquel Sarajevo de antes de la guerra, ni Belgrado, ni Skopje, ni los campos de Bosnia-Herzegovina. Hace poco relativamente, en 2009 o así, cenando en Moscú con unos de los colegas de la universidad afloró este recuerdo, y uno de los rusos se emocionó sobremanera, había sido diplomático en Belgrado en aquellos años y evocó sus recuerdos de entonces al citar un servidor algunos espacios de la ciudad. La plaza de la República, la avenida en la que estuvo la embajada de la Rep. Española hasta 1977.

Lo de Yugoslavia trascendía ciertas batallas. Es la teoría de las capas de cebolla: dígame que capa de la cebolla le interesa, o cuáles, y vemos. Sobre Sarajevo mucho habría que contar, de su historia, de nuestra visita, de cuanto vimos y evocamos.

Me impresionó el Museo de la comunidad sefardí de Sarajevo, con sus fotos de interBrigadistas puño en alto, todos allí, saludando, hermanados todos, bosnios, croata, serbios, antifascistas junto a nuestra hermosa bandera tricolor de la España por la que dieron sus vidas; recuerdo los manuscritos en castellano sefardí de una poetisa local, la memoria de toda una comunidad exterminada por el horror nazi. Recuerdo compartir helados de mantecado con dos milicianas, sentados todos en una terraza del barrio viejo de Sarajevo, frente al Gran Bazar y al lado de la biblioteca islámica, sus guedejas rubias por debajo de sus Titovka (las pilotka sovièticas o gorrillo cuartelero español) y sus sonrisas de acero, porque en la Yugoslavia proletaria había helados proletarios de mantecado y sonrisas internacionalistas que compartir. Cosas que no se olvidan.

Era 1991 y hubo una noticia en prensa sobre un escritor austriaco que denunció la agresión a Yugoslavia y la injerencia de la OTAN y de Alemania fomentando el separatismo y la guerra. Debió de ser la única voz. Quienes pensábamos que los serbios tenían razón no aparecíamos por ninguna parte. Y no es que estuviéramos de lado de los chetnik, sino que no olvidábamos a los partisanos. Esta era la clave. Quienes condenaban a los serbios en realidad eran los mismos que eran enemigos de la Yugoslavia Federativa y socialista desde siempre, no creo que fuese tanto un problema de rechazo a las acciones de Milosevic sino de acabar de liquidar el pernicioso ejemplo del modelo yugoslavo. En aquella visita que hice en el ya lejano 1984, conseguí una copia de la reciente Constitución Federal y un libro con los resultados del Congreso de la Liga de los Comunistas Yugoslavos celebrado en Liubijana donde se ponía negro sobre blanco que los enemigos del patriotismo socialista yugoslavo eran tres: el imperialismo, el nazi-revanchismo nacionalista croata y el nacionalismo gran-serbio. Pues bien, lo que estaba destruyendo Yugoslavia era precisamente la combinación de los tres elementos, si bien Milosevic apelaba al patriotismo yugoslavo aunque no fuese muy coherente con él. La voz del austriaco que recibiera el Nobel, hablaba desde un antifascismo coherente y era la de alguien conocedor tanto de la historia como de ciertas realidades del presente y de seguro que era consciente de las contradicciones que penetraban todos los campos.

El austriaco aquel acababa de publicar en castellano un librito muy particular. Ensayo sobre el Jukebox, y había una edición en Alianza.  Fui a buscarlo a la librería Visor, allá en Moncloa, cerca de casa. Me costó mil pesetas, seis euros de ahora. Era, claro, Peter Handke.

Hace unas semanas la noticia fue que le habían concedido el Premio Nobel. Y parece que lo ha aceptado. Tuvo otros, el Premio Heine, por ejemplo, que no quiso recibir, y otros que no quisieron darle, y todos los que le fueron criticados, porque a Handke le odiaban por alzar su voz contra las injerencias de la OTAN, de Alemania, por atreverse a decir en alto que la destrucción de Yugoslavia fue un crimen monstruoso. Así lo dijo cuando tomó la palabra en el entierro de Milosevic. Han querido siempre demonizarle. Le odian, pero Handke, es una titán cuando escribe y los que no leen y le odian no saben cómo pararle.

28 años después fui a la estantería de mi habitación y busqué el librito. Y sí, allí estaba. Lo abrí, lo acaricié y luego busqué un espacio para releerlo. Y sí, allí estaba Handke, en su autobús de línea entre Burgos y Soria, camino de la helada ciudad castellana en el invierno de 1989, en esos días de noviembre o diciembre. Con el cielo cubierto en altura, lleno de algodones grises, con el aire helado y transparente, con la luz apagada del invierno, Soria recuerda una ciudad del norte, con sus calles deshabitadas recorridas por el viento. Handke buscaba una habitación de hotel donde escribir en su cuaderno tras el largo paseo al que se obligaba cada día. Unos han tenido que ir al Himalaya para encontrarse a sí mismos ante una página en blanco, pero a Handke le bastaba con Soria.

Y es por todo eso que cuando supe de la noticia del Nobel a Handke no me sorprendió, si acaso sí que le reconocieran, pero no su valía, esa no me sorprende. Ya la conocía. La ví en aquel librito que compré un día de hace 28 años.

En este uno de noviembre de 2019 fui a Lardero en La Rioja, a un acto en la Fosa Común de La Barranca. Y es en La Barranca donde me dí cuenta de que las Mujeres de Negro riojanas eran anteriores a los serbios.

En los días de la guerra yugoslava, Mujeres de Negro fue una asociación informal de madres, hermanas y viudas creada en Serbia contra el horror de la guerra, pero es también Mujeres de Negro la marea de mujeres que acudía cada año a la La Barranca donde el fascismo asesinó a centenares de riojanos; lo estuvieron haciendo desde los años cincuenta cada año hasta que lograron que se les permitiera convertir la fosa del páramo en un cementerio civill orlado con la proscrita bandera de la República Española. Handke lo hubiera pillado directamente,

Para llegar a Lardero desde mi casa en Guadalajara, lo mejor es tomar la carretera de Soria desde Medinaceli, y cruzar los páramos y el bosque hasta el puerto de Piqueras y bajar por el valle de Cameros, en estos días de un rojo deslumbrante por el impacto del otoño en el hayedo, hasta tierras riojanas, El trayecto condensa en cien kilómetros el pasar de las llanuras a las Rocosas, llanuras mesetarias con manchas extensas de verde bosque, montañas en el horizonte atravesadas con valles de bosque rojo vestido de otoño. Handke ya regresando, subió el puerto de Piqueras en el autobús de línea camino de Logroño en diciembre de 1989.

El caso es que evoqué su viaje aquel que empleó en su libro para sus reflexiones y le tuve en las mías. Antes de llegar a Soria tenemos localizada una fosa con 143 prisioneros de guerra republicanos —identificados todos con nombre y apellidos— asesinados en un traslado desde el frente de Guadalajara a Soria, muy cerca del aerodromo de la Luftwaffe cercano a los Altos de Barahona. El oficial de la Cóndor Hannes Trauflot, quien se retiraría como general de la OTAN, estuvo allí. Handke pasó muy cerca de ambos lugares, pero es casi seguro que no sabía nada de estos detalles.

Tenemos que hablar con Handke, pensé. Si, deberíamos hacerlo. El no tiene miedo, Y nosotros tampoco.

II