Azaña y el Estatuto Catalán de 1932 / Manuel Martínez Bargueño

Posted on 2020/01/08

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Don Manuel Azaña fue sin duda la personalidad más eminente de la Segunda República[1]. Con justicia, se ha llegado a decir por uno de sus primeros biógrafos, el americano Sedwick, que “Azaña fue la República”. Azaña, fue, además entre todos los políticos españoles de su tiempo, el que mejor entendió el tema catalán y el que mejor quiso y supo explicarlo[2]. Mientras que para Ortega el problema catalán no se podía resolver, solo conllevar[3], para Azaña, la autonomía de Cataluña es consecuencia natural de uno de los grandes principios políticos en los que se inspira la República, trasladado a la Constitución, o sea el reconocimiento de la personalidad y la singularidad de los pueblos peninsulares. Para Azaña, las aspiraciones autonómicas del catalanismo constituían una oportunidad histórica para “conjugar la aspiración particularista o el sentimiento o la voluntad autonomista de Cataluña con los intereses o los fines generales y permanentes de España dentro del Estado organizado por la República”, esto es, para dar nueva estructura y organización al Estado de la República. Como el mismo diría de forma tajante en su famosa alocución a los catalanes el 26 de septiembre de 1932 “La República sin una Cataluña republicana, sería una república claudicante y débil”.

Azaña fue, como es sabido, el principal valedor del Estatuto Catalán de 9 de septiembre de 1932[4], conocido también como Estatut de Nuria, por ser esta la población desde donde se impulsó este texto que estuvo vigente hasta su derogación por las leyes franquistas. Mucho más que otros insignes republicanos, -recordemos que el partido socialista de la época no era autonomista-, Azaña creía firme y apasionadamente en la posibilidad de articular desde la Constitución de 1931 un régimen de autonomía para algunas regiones, como una obra de “pacificación” y “buen gobierno”, a despecho de los “prejuicios de la agresión y de la dispersión”.

Recientemente se ha publicado una obra del académico y catedrático Eduardo García de Enterría que recoge y comenta los textos, discursos y escritos, más señeros de Azaña sobre el Estatuto catalán[5]. Aunque los textos seleccionados para esta obra sean conocidos y estén publicados en varios lugares, resulta “política y científicamente oportuno” la compilación que el autor hace de seis discursos y cuatro escritos de Manuel Azaña precedidos por un extenso estudio preliminar –noventa páginas- a través del cual García de Enterría nos desvela alguna de las claves del pensamiento de Azaña sobre el tema catalán, y, en particular nos permite ir siguiendo su evolución desde el discurso de Barcelona la noche del 27 de marzo de 1930 a las ultimas anotaciones en los Cuadernos de la Pobleta o los artículos sobre la guerra de España escritos ya en el exilio.

No es esta, afortunadamente, la única obra reciente publicada sobre Azaña y Cataluña. Su magnífico discurso de 27 de mayo de 1932, pronunciado en las Cortes en el debate parlamentario sobre el Estatuto de Cataluña, junto con el “recitado”pocos días antes en la sesión de Cortes del 13 de mayo por José Ortega y Gasset, han sido rescatados también por José Maria Ridao, precedidos de un interesante prólogo[6]. Estas obras últimas vienen a sumarse a la ya extensa bibliografía azañista, que no ha sido revisada desde 1992[7].

En relación con estas últimas aportaciones, creemos que puede ser interesante para el lector de este blog que realicemos una glosa sobre las vinculaciones de Azaña con el catalanismo y en concreto con el Estatuto catalán de 1932, cuyo texto insertamos al final de este comentario

La primera manifestación pública de las ideas de Azaña sobre la integración de las aspiraciones catalanas en la futura República se explicita en su breve, pero importante discurso de sobremesa en el restaurante Patria de Barcelona el 27 de marzo de 1930, un año antes de la proclamación de la República.[8] Es el más generoso con el catalanismo, al que no solo conceptúa como sentimiento nacional sino que llega a aceptar sea el impulso emocional de una auténtica secesión:

Yo concibo, pues, a España con una Cataluña gobernada por las instituciones que quiera darse mediante la manifestación libre de su propia voluntad. Unión libre de iguales con el mismo rango, para así vivir en paz, dentro del mundo hispánico que nos es común y que no es menospreciable. Y he de deciros también que si algún día dominara en Cataluña otra voluntad y resolviera ella remar sola en su navío, sería justo el permitírselo y nuestro deber consistiría en dejaros en paz, con el menor perjuicio posible para unos y para otros y desearos buena suerte, hasta que cicatrizada la herida pudiésemos establecer al menos relaciones de buenos vecinos

Claro es que, como observa Santos Juliá, el horizonte ambicionado por Azaña no será la separación de Cataluña sino que la obra común a realizar por “castellanos y catalanes” es la creación de un Estado nuevo en el que todos puedan convivir armónicamente. El medio para llegar a ello es la Revolución, el objetivo, la República. En cualquier caso es un discurso previo a su llegada al Poder, desde el que las cosas se verán ya de otra manera[9].

Las aspiraciones catalanistas se concretarán luego en el Pacto de San Sebastián en un régimen particular de autonomía para Cataluña en el marco de la Constitución de la República española[10].

La primera intervención de Azaña, ya como presidente del Gobierno, a favor del Estatuto catalán se producirá en la sesión de las Cortes el 22 de octubre de 1931, contestando a Miguel Maura en relación con el artículo 48 (luego 50) de la Constitución en lo relativo la enseñanza de las lenguas cuestión a la que califica como “la más sensible, dolorosa e irritante del problema catalán[11].

En esta intervención breve, luego de “desafogado su enojo con Maura” muestra Azaña su talante conciliador, no tardando en hacerse con el auditorio, que acabó aplaudiendo su discurso:

“…hay que dejar paso al Estatuto y… no hay derecho a contraponer nunca la vigilancia, el cuidado y el amor a la cultura castellana, con la vigilancia, el cuidado y el amor a la cultura catalana”.

Señor Maura, no hablemos a los catalanes en tono de oposición de la cultura castellana. Tan española es la suya como la nuestra y juntos formamos el país y la República”.

Tras de la aprobación de la Constitución el día 9 de diciembre de 1931, “el acto culminante del protagonismo inmediato y directo de Azaña en el pacto entre los partidos republicanos y los partidos nacionalistas catalanes”, será la deliberación ante las Cortes del proyecto de Estatuto catalán, elaborado por la Generalidad, y su posterior aprobación por ley de 15 de septiembre de 1932.

El texto del Estatuto catalán lo redacta la Generalidad[12], como expresa su preámbulo “en ejercicio del derecho de autodeterminación que compete al pueblo catalán”, si bien esta afirmación queda matizada con la asunción del compromiso de que “la personalidad política de Cataluña debía precisar su compromiso con la República española…] de marcar las líneas fundamentales de su estructuración”. Concretando en particular: “Cataluña quiere que el Estado español se estructure de manera que haga posible la federación entre todos los pueblos hispánicos”.

El proyecto de Estatuto, elaborado por diputados catalanes fue objeto en Cataluña, antes de su remisión a las Cortes, de sucesivos plebiscitos, el último un referéndum popular que arrojó el impresionante resultado de que sobre 792.574 votos emitidos, resultaron positivos 592.691 y negativos tan solo 3.286. Por esta razón, creyéndolo suficientemente legitimado, el Estatuto se remitió las Cortes para someterlo a sanción como Estatuto y no como proyecto de Estatuto. En el ánimo de los redactores estaba que las Cortes no tenían nada que decidir sobre su contenido, sino simplemente sancionarlo y publicarlo en la Gaceta. Así lo recoge Azaña en sus diarios (26 de septiembre de 1931)

Los catalanes habían venido a Madrid con la pretensión de que su proyecto de Estatuto es intangible y que había de aprobarse sin quitarle punto ni coma

Recibido el texto del proyecto de Estatuto en agosto de 1931, pasó a ser objeto de estudio por la misma Comisión que estudiaba el proyecto de Constitución y que presidía un amigo íntimo de Azaña, el periodista Luis Bello. En la nota que este leyó al presentar al Pleno el proyecto de Estatuto catalán hacía patente la línea directriz, sin duda inspirada por Azaña, en la valoración del texto remitido:

“No podemos salirnos nunca de la Constitución, y mucho menos a la hora del Estatuto catalán, que ha de servir de precedente para futuros estatutos”.

En la Constitución que se aprobará el 9 de diciembre de 1931, las regiones forman parte de lo que llama Estado integral (artículo 1), regulado luego en los artículos 11 a 22. García de Enterría señala acertadamente como Azaña, en el arduo proceso de reflexión sobre la construcción constitucional, ha llegado a decidir, primero sobre el valor normativo superior de la Constitución que la hace infranqueable por un Estatuto de Autonomía “algo apenas imaginado entonces” y, segundo, como la Constitución hay que interpretarla en su conjunto y no solo en los limitados preceptos que se refieren a las autonomías territoriales, todo ello dentro de su concepto de Estado compuesto, absolutamente original en el panorama constitucional comparado de la época, que solo conocía la federación y la confederación y que da muestra de la “potencia mental excepcional del personaje”.
Como señala Angeles Egido[13], Azaña se propuso hacer factible el proyecto de Estatuto que a todos parecía excesivamente drástico, trabajando en aquellos aspectos más contradictorios en aras del consenso y la moderación. Era un reto muy importante para un político, de los que a él le gustaban, y Azaña se empleó a fondo para vencer y convencer[14] hasta presentar un proyecto de Estatuto sostenido por todos los partidos de la mayoría y que al mismo tiempo resultara aceptable para los catalanes. En su meditada estrategia, en la que jugó un papel muy importante su ministro de Hacienda, el catalán Carner, estaba modificar el dictamen de la Comisión, de fecha 9 de abril y por tanto, anterior a la aprobación del texto constitucional, introduciendo todas las mejoras posibles a favor de la autonomía para ganarse así la confianza de los catalanes, cuidando de convencer a sus propios amigos y no perder el apoyo de los socialistas. Para conseguir este triple objetivo, decidió astutamente simultanear la discusión del Estatuto con el del proyecto de ley de la reforma agraria, aunque fuera en sesión doble y hasta altas horas de la noche, en el convencimiento de que mientras no se aprobara ésta, los socialistas no saldrían del Gobierno y estarían mejor dispuestos a apoyar la política autonómica que este decidiera[15].
Todo ello reproducía en un clima de agitación social no precisamente fácil. Como recuerda Santos Juliá, antes del debate parlamentario sobre el Estatuto, ayuntamientos, diputaciones, cámaras de industria y comercio, asociaciones y federaciones patronales comenzaron a convocar asambleas, manifestaciones y hasta huelgas de protesta por la posible concesión del Estatuto a Cataluña, que a su juicio, rompía la unidad de España y era capaz de arruinar la economía del país entero.
La gran pieza oratoria de Azaña sobre el Estatuto es su discurso, de 27 de mayo de 1932, en el debate parlamentario sobre el proyecto de Estatuto de Cataluña, sin duda uno de los mejores suyos, justamente alabado por su fondo y forma[16] y que satisfizo enormemente a su autor[17]. Para Azaña, el reconocimiento de un régimen de autonomía a Cataluña no es algo inventado por la República: “el problema catalán, el problema de las autonomías españolas es un hecho y no nos ha caído a nosotros de una teja el 14 de abril; existe desde hace muchos años”. Por ello, “la República puede y debe elevar al rango de problema capital y fundamental en la organización del Estado estos problemas de particularismos regionales y ocales, estas consecuencias políticas de los sentimientos nacionalistas” pues “la Constitución contiene tales bases para organizar el Estado español, que permite resolver en fórmulas de armonía y de colaboración las divergencias históricas peninsulares”. Las bases fundamentales de la organización del Estado para resolver esas divergencias particulares no tienen para Azaña un carácter absoluto son una contingencia histórica y para acometer su resolución no basta con variar el sistema político, lo que hay que variar es la política del sistema, a lo que “se oponen rutinas, herencias, prevenciones, amores y sentimientos nobles y, además, está pendiente, en su percepción, más que de la razón discursiva, de la sensibilidad”. La política inteligente para resolver este género de cuestiones es, en frase célebre y celebrada de Azaña “la tradición corregida por la razón[18]. Su razonamiento se esforzará en hacer ver que, en este caso, “la razón creadora, inventora, no está en desacuerdo con la tradición española”.
No es del caso desgranar su “lectura heterodoxa de la Historia de España”, en contradicción con el mito dominante en la historiografía decimonónica del mito de la unidad de España desde los Reyes Católicos, para demostrar que la proyectada estructuración de los poderes del Estado sobre una base fundamentalmente regional se encuentra en la tradición española. Relacionándolo con los siglos de esplendor de la política y de la monarquía española dirá “No hay en el Estatuto de Cataluña tanto como tenían de fuero las regiones españolas sometidas a esa monarquía”.

Ahora bien, el argumento decisivo, más allá de disquisiciones históricas es el mandato constitucional:

Una vez votada la Constitución, no hay prejuicio posible que se sostenga en cuanto a una posible dispersión de la unidad española…De suerte que mientras que nos mantengamos dentro de los límites de la Constitución, hablar de la dispersión española por la votación de los estatutos es una insensatez”.
El criterio esencial de valoración es, pues, la Constitución “El Estatuto sale de la Constitución, y sale de la Constitución porque la Constitución autoriza a las Cortes para votarlo” y ésta establece dos límites taxativos y de concepto. Los límites conceptuales o implícitos que la Constitución impone son una creación exclusiva de Azaña quién, en este punto, se aparta del dictamen de la Comisión.
“… en la Constitución se establecen, al propio tiempo que la potestad legislativa de organizar las autonomías, límites para las autonomías, y estos límites son de dos clases unos taxativos, enumerativos, en cuanto van relacionando las facultades de poder que pueden ser o no ser objeto de transferencia; pero otros límites no son de este orden, sino límites conceptuales, en cuanto la Constitución, tácita o expresamente , está fundada en ciertos principios que presiden la reorganización del Estado de la República y nada podar admitirse en el texto legal que regule las autonomías de las regiones españolas si contradice, no ya los límites taxativos y enumerativos de la Constitución, sino los límites conceptuales implícitos en los dogmas que presiden la organización del Estado de la República”.
Ello significa, ni más ni menos, que la corrección del texto enviado por los catalanes y estudiado por la Comisión “por que el proyecto de Estatuto ha sido elaborado en un tiempo en que no se había votado la Constitución y en que muchos republicanos españoles deseaban y creían que se iba a votar una República federal”. Siendo así que la Constitución “es unitaria, no federal” ello comporta algunas rectificaciones al texto que la Comisión[19] debe volver a estudiar y que afectan, entre otros artículos, al que se refiere a la ciudadanía, haciendo, “ la declaración expresa (que está en la Constitución, pero no se pierde nada en traerla al Estatuto) de que los ciudadanos de la República española no tendrán nunca en Cataluña menores derechos de los que tengan los catalanes en el resto del territorio de la República española” [20] .
La prolongación argumental que hace a continuación no puede ser más categórica para descalificar el prejuicio “españolista”:
“…no se puede entender la autonomía, no se juzgarán jamás con acierto los problemas orgánicos de la autonomía, si no nos libramos de una preocupación: que las regiones autónomas –no digo Cataluña-las regiones, después que tengan la autonomía no son el extranjero; son España , tan España como lo son hoy; quizá más , porque estarán más contentas…Y, además, esta otra cosa: que votadas las autonomías ésta y las de más allá, y creados éste y los de más allá Gobiernos autonómicos, el organismo de gobierno de la región –en el caso de Cataluña la Generalidad-es una parte del Estado español, no es un organismo rival, ni defensivo ni agresivo, sino una parte integrante de la organización del estado de la República española. Y mientras esto no se comprenda así, señores diputados, no entenderá nadie lo que es la autonomía…Se votan los regímenes autónomos en España, primero para fomento, desarrollo y prosperidad de los recursos morales y materiales de la región y, segundo, por consecuencia de lo anterior, para fomento, auge y prosperidad de toda España …es pensando en España, de la que forma parte integrante, inseparable e ilustrísima Cataluña, como se propone y se vota la autonomía de Cataluña y no de otra manera”.
Como señala García de Enterria, no es cuestión de seguir el pormenor de las precisiones de este discurso básico en materias de Hacienda, Justicia, orden público, legislación social, enseñanza etc., reflexiones que no están exentas de un cierto sentimentalismo[21]:
La diferencia política más notable que yo encuentro entre catalanes y castellanos, está en que nosotros los castellanos, lo vemos todo en el Estado y donde se nos acaba el Estado, se nos acaba todo, en tanto que los catalanes que son más sentimentales, o son sentimentales y nosotros no, ponen entre el Estado y su persona una porción de cosas blandas, amorosas, amables y exorables que les alejan un poco la presencia severa, abstracta e impersonal del Estado” .
Concluye Azaña con una invitación expresa al Parlamento y a los partidos republicanos a que se sumen a esta obra política “que es una obra de pacificación, una obra de buen gobierno”,… “porque España necesita urgentemente estar bien gobernada”, aunque reconoce proféticamente que “… es mas difícil gobernar a España ahora que hace cincuenta años y mas difícil será gobernarla dentro de algunos años. Es más difícil llevar cuatro caballo que uno solo”, hasta rematar este imponente discurso, de más de tres horas de duración, con un brillante colofón:
Lo que importa es el porvenir, republicanos y socialistas. Lo que importa es navegar. Ahora, tened presente que para esta navegación no basta que uno lleve el timón de la nave; otros han de sacar del pecho el aliento que impulse las velas. Para esto os invito y os convoco desde el último lugar, pero permitidme que lleve vuestra voz en este momento. Pecho al porvenir y revestíos de arrojo para ensayar, del arrojo grave de los hombres responsables que saben para lo que están en la vida y quieren dejar algo en la vida, y estad vigilantes para saludar jubilosos a todas las auroras que quieran despegar los párpados sobre el suelo español” .
El discurso, ya lo hemos señalado, fue un éxito en toda regla. Como señala Santos Juliá “Nunca [Azaña] se sintió tan vivo políticamente como en el proyecto de sacar el Estatuto adelante[22] .
Los otros tres discursos parlamentarios que pronunció en el curso del debate parlamentario sobre el Estatuto catalán son de menor significación y sus intervenciones se debieron a razones propias de la coyuntura política[23]. El del día 2 de agosto de 1932 se centró en el tema específico de la enseñanza universitaria y el pronunciado el 31 de agosto de 1932 se limitó al tema de la Hacienda, una de las dos mayores preocupaciones del Estatuto, junto con la lengua.
El proyecto de Estatuto de autonomía para Cataluña resultó finalmente aprobado por una amplia mayoría: 314 votos a favor, entre ellos los de Ortega, Unamuno, Cambó y Lerroux que habían discrepado públicamente de muchos de sus apartados, por sólo 24 en contra. El texto aprobado se publicó en la Gaceta de 21 de septiembre de 1932. Tres meses después, quedó constituida la Comisión para la implantación del Estatuto de Cataluña, siendo elegido presidente de la misma Carlos Esplá, íntimo colaborador de Azaña.
La aprobación del Estatuto, junto con la de la Ley Agraria[24], proporcionó a Azaña los días de su mayor gloria política. Recibido en triunfo en Barcelona, en septiembre de ese mismo año, pronunciará desde el balcón de la Generalitat, palabras entusiastas: “Esto es, catalanes, la revolución triunfante. Ya no hay en España reyes que puedan declarar la guerra a Cataluña. Vuestro himno histórico se queda sin enemigo a quién motejar ¡Ya no hay en España reyes que te declaren la guerra, Cataluña!¡Hay una República que restaura la paz, que reestablece el derecho, que funda la nueva España en la justicia, la igualdad y la libertad” [25], cerrando su intervención con un “Viva España”, que luego presumiría de haber sido el último que se atrevió a gritar desde ese lugar.
El siguiente texto relativo al Estatuto catalán data de cinco años más tarde y corresponde a la anotación de Azaña de 19 de septiembre de 1937 en el llamado “Cuaderno de la Pobleta”.
En el curso del lustro transcurrido desde 1932, han sucedido en España muchos y muy dramáticos acontecimientos que pesarán enormemente sobre el estado físico y anímico de Azaña.

Cronológicamente, en primer lugar, el triunfo de la coalición Radical-CEDA en las elecciones generales de noviembre de 1933[26], que provocó la reacción de los partidos republicanos originarios para que se anulasen las elecciones, basándose formalmente en una supuesta contradicción entre la distribución de los diputados y la ley electoral[27].

El triunfo “de largo” en las segundas elecciones regionales catalanes de la izquierda moderada, la Esquerra, liderada por Lluis Companys, después del fallecimiento el día de Navidad de 1933 de su líder histórico Frances Maciá. En abril de 1934, la Generalitat aprobó la polémica Lley de Contractes de Conreu (Ley de Contratos de Cultivo) diseñada para otorgar a los “rabbassaires” el acceso la propiedad de la tierra en zonas vinícolas que cultivaban en régimen tradicional de “rabassa morta[28], lo que produjo un conflicto de poderes con el Gobierno al que la Constitución reservaba la legislación en materia social a la vez que la Ley de Bases de la Reforma Agraria reservaba al Parlamento nacional la jurisdicción sobre todos los contratos de cultivo[29].

En segundo lugar, los dos golpes revolucionarios de los socialistas en Asturias y de la Ezquerra en Barcelona (octubre, 1934)[30], por los que el propio Azaña llegó a ser detenido y acusado por el Fiscal General de la República del delito de sedición ante la Sala Segunda de lo Criminal del Tribunal Supremo, quedando preso durante cerca de tres meses en el barco “Ciudad de Cádiz” y luego en los destructores “Alcalá Galiano” y “Sánchez Barcaiztégui” en el puerto de Barcelona, hasta que el 28 de diciembre de 1934 el Tribunal Supremo le puso en libertad y ordenó el sobreseimiento del sumario por falta de pruebas, peripecia contada por él mismo en su libro “Mi rebelión en Barcelona”, de 1935[31].

Luego, el triunfo del Frente Popular, alianza entre los partidos de izquierda republicana, socialistas y comunistas, cuya formación el mismo Azaña había propiciado[32], en las elecciones del 16 de febrero de 1936, sus comienzos enérgicos como Presidente del Gobierno, restableciendo el Estatuto catalán y reponiendo al Gobierno Companys[33] y su inmediato, enigmático en cuanto a los motivos, nombramiento como Presidente del Gobierno el 10 de mayo de 1936[34].
Por último, el desencadenamiento de la Guerra Civil, tan sólo dos meses después de haber tomado posesión como Presidente de la República tras la agresión por un grupo de militares al Estado de Derecho, seguido de los trágicos sucesos de todos conocidos que dejaron honda mella en el ánimo del Presidente, en particular la llamada “noche trágica”, del 22 al 23 de agosto de 1936, cuando se produjeron los asesinatos de la cárcel Modelo, entre ellos el de su antiguo jefe en el partido Reformista, Melquíades Álvarez. Horrorizado por estos sucesos parece que Azaña quiso dimitir de su cargo Presidente de la República, plegándose finalmente a duras penas a no hacerlo con la única esperanza de que su permanencia hiciese más fácil una mediación de las potencias extranjeras para acabar con el conflicto.
Desde ese momento y especialmente a partir del famoso discurso de las tres P (“Paz, Piedad, Perdón”), el 18 de julio de 1938, el tormento de su impotencia para finalizar la lucha armada unido, como advierte Enterría, a un “vago sentimiento de culpabilidad por no haber podido evitar, al menos un final tan atroz a la experiencia republicana abierta con tanta ilusión apenas cinco años antes”, le acompañara alo largo de toda la contienda, durante su doloroso exilio y hasta la hora final de su muerte en Montauban el 4 de noviembre de 1940.
Advierte certeramente García de Enterría como a partir del comienzo de la Guerra Civil, Azaña, siendo ya Presidente de la República, cambia claramente de posición. Quién había sido autor casi de manera personal del régimen autonómico de Cataluña para resolver un problema español y republicano, en sus propias palabras el “primer problema español, en el orden político, el más importante, el más urgente”, se siente traicionado por la actitud de deslealtad mantenida por las autoridades catalanas durante los tres años de Guerra Civil, manifiesta en hechos tan graves como la creación de un ejército catalán, desconectado del ejército de la república, las reivindicaciones territoriales sobre Aragón y otros históricos Paisos Catalans e incluso el intento de ocupación de las Islas Baleares con fuerzas terrestres y navales propias.
Este cambio drástico de opinión de Azaña es fácil rastrearlo en sus anotaciones y diarios de la época, especialmente en ya citado Cuaderno de la Pobleta que se extiende desde el 20 de mayo al 5 de de diciembre de 1937.
Así el 20 de mayo de 1937, Azaña describe la situación política, social y militar de Cataluña con este cuadro de vivos colores: “Hay para escribir un libro con el espectáculo que ofrece Cataluña, en plena disolución. Ahí no queda nada: Gobierno, partidos, autoridades; servicios públicos, fuerza armada; nada existe; es asombroso que Barcelona se despierte cada mañana para ir cada cual a sus ocupaciones. La inercia. Nadie está obligado a nada, nadie quiere ni puede exigirle a otro su obligación. Histeria revolucionaria, que pasa de las palabras a los hechos para asesinar y robar, ineptitud de los gobernantes, inmoralidad, cobardía, ladridos y pistoletazos de una sindical contra otra, engreimiento de advenedizos, insolencia de separatistas, deslealtad, disimulo, palabrería de fracasados, explotación de la guerra para enriquecerse, negativa a la organización de un ejército, parálisis de las operaciones, gobiernitos de cabecillas independientes en Puigcerdá, La Seo, Lérida, Fraga, Hospitalet, Port de la Selva, etc. Debajo de todo eso, la gente común, el vecindario pacífico, suspirando por un general que mande, y se lleve la autonomía, el orden público, la FAI, en el mismo escobazo”.
La anotación más interesante es la extensa correspondiente al día 19 de septiembre de 1937 escrita tras la visita que le realiza el Consejero de la Generalidad y anterior Alcalde de Barcelona, Carlos Pi Suñer, de otro lado, buen amigo de Azaña, para expresarle en nombre de los políticos catalanes sus opiniones sobre la actual situación. “El Gobierno [de la República] desarrolla en Cataluña, una acción sostenida y sistemática, de rebajamiento del Gobierno autónomo, de vejaciones y provocación. El Gobierno de la República que sigue en todo una conducta vacilante, débil, desorientada, solo es firme y parece saber adonde va cuando se trata de Cataluña. El único aglutinante del actual Gobierno es su política catalana. El resultado es una molestia, una alarma, una desconfianza creciente entre los republicanos catalanistas” .
Luego de escuchar, sin apenas interrumpirle, la exposición de agravios del representante catalán, Azaña contesta con rotundidad a este pretendido “pliego de cargos” manifestando, en primer término su dificultad para gobernar: “Casi desde el comienzo de la guerra estoy privado del normal funcionamiento de aquellos instrumentos políticos que deben servir al Presidente para expresar un parecer y adoptar una decisión que no sean estrictamente personales”, lo que no ha sido obstáculo, más bien acicate, para opinar ante los Gobiernos: “Sobre los asuntos de Cataluña he opinado y aconsejado, ya al gobierno anterior, ya al actual, y también en Barcelona, a ciertos políticos de la Generalidad”. La contestación a la exposición que acaba de hacerle el representante catalán, es “la que corresponde al Presidente de la República”. Afirmado lo anterior, enfatiza “Nadie piensa, en el Gobierno ni en sus alrededores, suprimir la Generalidad… pero preciso es reconocer que, si llegase el caso, después de cuanto ha ocurrido en Barcelona, la institución sería difícilmente salvable” y ello a pesar de que “la Generalidad, cuyo presidente, como recuerda ahora Companys, es representante del Estado, ha vivido no solamente en desobediencia, sino en franca rebelión e insubordinación, y si no ha tomado las armas para hacerle la guerra, será o porque no las tiene o por falta de decisión, o por ambas cosas; pero no por falta de ganas, porque la intención esta conocida”… “En fin de cuentas ocurre que la Generalidad se ha desbordado. Hay que volver al cauce normal”… “Es más: ustedes no podrán entenderse con el Gobierno de la República, éste u otro, mientras esa rectificación no se cumpla, y el acuerdo depende de hacerla y de la buena voluntad que ustedes pongan en ello”… “Las extralimitaciones y abusos de la Generalidad…, y la mayor parte de los decretos publicados por sus Gobiernos, son de tal índole, que no caben ni en el federalismo más amplio”… “Que Cataluña asiste a esta guerra como nación, se lee a menudo en la prensa barcelonesa y con muy buenas firmas” … “Si la guerra se gana, o no se pierde del todo, Cataluña puede muy bien llegar hasta el fin con su régimen intacto. Pero el que llegue o no, o que lo conserve después depende principalmente de la conducta que observen en adelante”… “Deseo que se restablezca en Cataluña el régimen del estatuto, pero completo, en todos sus órganos y sobre la base la democracia”… “Republicanos circunspectos, moderados, que en las Cortes se resistían a votar el Estatuto, han dicho ahora en sus discursos, o a mí, en conversaciones privadas, que España sería una federación de repúblicas, con lazos muy débiles, entrando y saliendo de la federación libremente… Lo tengo a gran disparate”… “Claro está que si al pueblo español se le coloca en el trance de optar entre una federación de repúblicas y un régimen centralista unitario, la inmensa mayoría optaría por el segundo”.

Los dos últimos textos de Azaña, referentes directamente a Cataluña[35], son los que formando parte de un conjunto de doce, agrupados por Marichal en las Obras completas de Azaña bajo el epígrafe de “Artículos sobre la Guerra de España” fueron escritos por él entre 1939 y 1940, durante su exilio en Francia, poco tiempo antes de su fallecimiento.

En el primero de ellos, titulado “Cataluña en guerra” se realiza una valoración global del papel desempeñado por la región durante el conflicto bélico, reprochando al Gobierno de la Generalidad su temeridad para aumentar la importancia de Cataluña en los problemas causados por la guerra: “Por acción, atribuyéndose funciones, incluso en el orden militar, que en modo algunos les correspondían; por omisión, escatimando la cooperación con el Gobierno de la República” lo que “produjo la reacción necesaria por parte del Estado, que se había visto desalojado casi por completo de aquella región”. Resume, -los artículos están dirigidos a un público extranjero no especialmente versado en los problemas de España- los factores componentes del “nacionalismo catalán”: “Renacimiento literario de su lengua, restauración erudita de sus valores históricos, apego sentimental a los usos y leyes propios del país, prosperidad de la industria, y cierta altanería resultante de la riqueza, al compararse con otras partes de España, mucho más pobres, oposición y protesta contra el Estado y los malos Gobiernos…”. “Producido –y vencido en Cataluña- el alzamiento de julio del 36, nacionalismo y sindicalismo, en una acción muy confusa pero convergente, usurparon todas las funciones del Estado en Cataluña”… “El Gobierno catalán desconoció la preeminencia del Estado y la demolió a fuerza de “incautaciones”, pero dentro de Cataluña estaba sufriendo, a su vez, una terrible crisis de autoridad. La invasión sindical, más fuerte en Cataluña que en ninguna otra parte, desbordó al Gobierno autónomo. No pudiendo dominarla, aquel Gobierno contemporizó con ella, y hasta la utilizaba algunas veces para justificar o disculpar sus propias extralimitaciones”…”Sofocado en pocas horas, dentro del territorio catalán, el alzamiento militar, y llevando sus fuerzas al interior de las provincias limítrofes, a gran distancia de Barcelona, Cataluña había ganado “su” guerra”.

El segundo artículo de la serie lleva por título “La insurrección libertaria y el “Eje Barcelona- Bilbao” y es, en cierta parte, continuación y conclusión del anterior: Los hechos contados “parecen demostrar que nuestro pueblo esta condenado a que, con monarquía o con república, en paz o en guerra, bajo un régimen unitario y asimilista o bajo un régimen autonómico la cuestión catalana perdure como un manantial de perturbaciones, de discordias apasionadas, de injusticias, ya las cometa el Estado, ya las cometan contra él. Eso prueba la realidad del problema, que está muy lejos de ser una “cuestión artificial”. Es la manifestación aguda, muy dolorosa, de una enfermedad crónica del cuerpo español. Desde hace casi siglo y medio la sociedad española busca, sin encontrarlo el asentamiento durable de sus instituciones”…”La República no inventó el problema de Cataluña. Lo trató por métodos distintos que la Monarquía… No inventó el renacimiento lingüístico y cultural de Cataluña, no inventó el nacionalismo, ni lo hizo prender en las masas. Se lo encontró pujante y, enconado por la política dictatorial de Primo de Rivera”…”Urgía afrontar la realidad, por desagradable que pareciese y hallar una solución de paz, dejando a salvo lo que ningún español hubiera consentido comprometer: la unidad de España y la preeminencia del Estado. De ahí salió la autonomía de Cataluña votada por la República” pero “para que el nuevo régimen catalán prosperase y se consolidara era menester cumplirlo con absoluta lealtad en Barcelona y en Madrid”. “La situación hizo crisis en mayo del 37” “escándalo de tal magnitud –algunas de cuyas peripecias detalla- acabó de mostrar a los más ciegos la gravedad del mal”. “El nuevo Gobierno, estimulado por la opinión, y por la urgencia de recuperar en Cataluña las funciones indispensables para dirigir la guerra y asegurar la tranquilidad pública, emprendió una obra que tenía el solo defecto de llegar con retraso. La ocasión era propicia para realizar en Cataluña un reajuste a fondo. Los republicanos catalanes, adscritos la política nacionalista…vieron en la nueva actitud del Gobierno de la República una ofensiva contra la autonomía. El único pensamiento del Gobierno –solían decir- es la política anticatalana. Temían sobre todo que, al terminarse la guerra, victoriosa la República, Cataluña perdiese de nuevo su régimen propio. El Gobierno no se proponía suprimir el Estatuto autonómico de Cataluña. Tampoco tenía atribuciones para suprimirlo. Se trataba de restablecer, dentro de su límites, el funcionamiento normal de los poderes públicos establecidos en Cataluña por su Estatuto peculiar… era inadmisible que, con pretexto de ser Cataluña una región autónoma, fuese gobernada por un grupo irresponsable, al amparo de una antigua popularidad”.

El fallo de la autonomía política catalana está no tanto en las personas, como en el sistema.”Uno de los efectos causados por la conmoción de la guerra– escribe Azaña-, ha sido el desconcierto de lo que parecía ser el pensamiento político de algunas cabezas”.[36]

El grave cuestionamiento del propio Gobierno de la República por las autoridades catalanas aparece también en la que para muchos es su cumbre literaria y de pensamiento “La velada de Benicarló”, escrita en 1937, donde el personaje del ex ministro Garcés, alter ego del propio Azaña expresa así su opinión: “El gobierno de Cataluña no es más fuerte ante sus administrados que el de la República en las provincias de su mandato. Pero, al mismo tiempo, el Gobierno de Cataluña, por su debilidad y por los fines secundarios que favorece al amparo de la guerra, es la más poderosa rémora de nuestra acción militar. La Generalidad funciona insurreccionada contra el Gobierno. Mientras dicen privadamente que las cuestiones catalanas han pasado a segundo término, que ahora nadie piensa en extremar el catalanismo, la Generalidad asalta servicios y secuestra funciones del Estado, encaminándose a una separación de hecho. Legisla en lo que no le compete, administra lo que no le pertenece”. Y en otro pasaje añade: “Los asuntos catalanes durante la República han suscitado más que ningunos otros la hostilidad de los militares contra el régimen. Durante la guerra de Cataluña ha salido la peste de la anarquía. Cataluña ha sustraído una fuerza enorme a la resistencia contra los rebeldes y al empuje militar de la República

Claro que toda esta disquisición, consumada la catástrofe de la República, ya no tenía mas objeto que recordar y justificar los hechos pasados. En 1938, Franco deroga el Estatuto de Cataluña., “en mala hora concedido por la República”, según reza el preámbulo de la ley derogatoria, la Generalitat seguirá funcionando en la zona republicana hasta el final de la guerra; y después, con la dictadura, continuará su existencia en el exilio, presidida sucesivamente por Luis Companys (fusilado en el foso de Montjuich en 1940), Josep Irla y Josep Tarradellas.

Años más tarde, durante la Transición, recién inaugurada la democracia, cuenta Alfonso Guerra que Felipe González y él mismo tuvieron una entrevista con el presidente Suárez para intentar dar una salida histórica al contencioso territorial. “Nuestra propuesta fue clara y sencilla: restaurar los estatutos de Euskadi y Cataluña aprobados durante la República y abolidos con el triunfo militar del régimen de la dictadura. Suárez comprendió que esa era la operación más limpia y con menor coste posible sino fuera porque el estamento militar nunca aceptaría una “restauración” de los hechos de la República, que habían justificado en la conciencia del ejército franquista la rebelión y posterior Guerra Civil”.

Manuel Martínez Bargueño

Revisado 19.03.12
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