Del latir de un prado, un día de verano / Pedro A. García Bilbao

Posted on 2020/06/19

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«Mi abuelo tenía una finca entre la playa y el campo cerca de la ciudad, esas cosas que pasan en Galicia. Nótese que digo finca, es decir, no casa, no casa con jardín, no un terreno, era un finca, un lugar donde quedar y ver crecer lo que plantaras, una finca es algo de verdad, algo vivo. Estaba muy bien, con sus frutales, su casona y su hórreo, era una partija de un viejo pazo del XVIII al que las herencias sucesivas habían llevado a menos, tan a menos que nosotros habíamos llegado allí.

Desde la terraza veías el mar, pero lo importante era el loureiro enorme junto al pozo, enorme realmente, las hileras de frutales, el huerto con fresas que era pasto de los mirlos para desesperación del abuelo; la finca miraba hacia dentro de la Ría, protegida así del viento atlántico cargado de sal que zumbaba en los inviernos largos. Ibamos a verle muchas veces y los niños correteábamos por allí; incluso puso un pequeño hogar para conejos, ya sé que suena raro pero era como una casita, creo que lo hizo por los nietos. Tenía el abuelo una perrita border collie (ovejero escocés), de nombre “Lí”, así con una “i” larga, como con una semivocal a medias con una “e”; era  buena, hermosa, inteligente y cariñosa, que nos quería a los niños muchísimo, tenía la cabecita negra con una veta blanca;  nos acompañaba a todas partes, feliz de enseñarnos sus dominios; creo que a falta de ovejas nos protegía a nosotros.

Un largo camino llevaba hasta la verja de la entrada desde la carretera y a un lado, a la derecha según venías, un largo campo dedicado a pasto. Quien vive en la ciudad no lo puede concebir, pero la hierba crece una barbaridad. En aquellos días primeros del verano, la hierba subía por encima de nuestras cabezas de niños. Como el prado aquel era de alguien que estaba en America, los vecinos se encargaban de segar el pasto, fueran ellos o encargándoselo a alguien.

El caso es durante algunos días entre el final del colegio y la llegada de los hombres con las guadañas, el prado era nuestro. El vecino del otro lado del camino de acceso, lindero de la finca al punto de que el largo hórreo entraba en su terreno (no pregunten, son cosas que pasan en Galicia y todo el mundo las ve normales), era conocido como el “Caravillas” y siempre se dijo que era pariente lejano del periodista Jesús Hermida. ¿Y qué significa “caravilla”, me dirán? Pues agárrense. Es una pieza de cuero que se usa como bisagra en una cerca de madera, de esas que se ponen en el prado para que las vacas pasten a su gusto en una zona concreta. Siendo de cuero no era rígida y al abrir o cerrar quedaba bailando arriba y abajo, moviéndose libremente. A la familia les llamaban así por la forma de moverse cuando hablaban, cosa que chocaba mucho a los discretos labregos galaicos que eran sus convecinos.

Algunas veces, pocas pero que no he olvidado, nos llegábamos hasta el prado en esos días; no era tan sencillo porque la familia no quería lío con los vecinos, pero la cosa merecía la pena. Ibamos hasta el borde del prado y entrábamos con cuidado entre la hierba tras los pasos del que iba delante, nos adentrábamos hasta no ver la salida y nos dejábamos rodar literalmente por el suelo, se formaba como un colchón de hierba entrelazada, muy mullido y oloroso, el suelo ni se veía, y allí tumbados podías ver el cielo, las nubes. Pasados unos minutos te integrabas en todo aquello, las mariposas, las libélulas y las abejas volvían a lo suyo y las veías pasar a sus cosas. Llegaba un momento en que notabas algo raro, y era que el prado latía, tenía vida, era cosa de callar y sentirlo. Nadie me explicó que sentir tiene también la acepción de oír, no me fue necesario, lo sabía. El prado latía en aquellos días de verano.

Lo estoy llamando hierba, también pasto y heno. El heno es la mezcla de todas las plantas herbáceas del prado, incluso con sus flores, que se dispone ya cortada para que en su momento, una vez seca, pueda ser comida por el ganado. Aquello era una hermosa colección de plantas herbáceas, verdes y tiernas con tallos que alcanzaban casi el metro, con sus flores y espigas.

Las espigas nos servían para cazar grillos, otra de nuestras actividades. Los grillos se hacían oír de noche y usaban unas pequeñas madrigueritas, como un tubito cavado en los terrones que eran el suelo del prado. Un grillo es como un saltamontes de luto. Había que observar el terreno y buscar las entraditas de sus refugios y luego, tomando la cañita verde que sostenía la espiga, sacabas algunos granos de la espiga y cortabas el tallo, de forma que pudiera meterse por el agujerito, fuere por la espiga o fuere por la cañita, era como buscar la forma de hacerle cosquillas al animalito. Al cabo de un rato, el grillo salía de su escondite dispuesto a lo que fuera para acabar con el jueguecito, lo tomabas con delicadeza con dos dedos y lo aposentabas en una cajita de cartón. Una vez en la cajita procedía que lo alimentases con hojas de lechuga y lo tratases con cuidado. Debía ser ésta una forma de caza muy extendida, porque al menos en Galicia ,se vendían en los kioskos, jaulitas para grillos: eran como una naranja grande con barrotes de dos colores, uno arriba y otro abajo, y una puertecita cuadrada que se abría por el ladito de arriba. En su flamante casita, el grillo venía a la ciudad y durante unos días el patio de luces de la casa o el balcón, sentía su llamado. Hoy confieso que conocedor de la triste suerte del grillo, me siento avergonzado por haber contribuido a tan cruel opresión grillil; en mi descargo solo puedo decir que no era consciente del derecho del pobre grillo a que le dejaran en paz y que su cri-cri era su peculiar forma de buscar novia. Desde que lo supe no volví a hacerlo.

Recuerdo un día especial, —apenas, la verdad, aunque sí lo suficiente—, en el que el abuelo propuso ir por los caminos que rodeaban la antigua heredad de la que la finca era una partija;  dar la vuelta a la finca, vamos, por el camino largo. Esto no tenía nada que ver con ir por la carretera, no, era meterse por las corredoiras que estaban allí aunque no se vieran.

La corredoira era un camino entre campos distintos, con paredes de piedra a los lados, a veces excavados, o con vallas de piedra como trincheras a los costados, en las esquinas, en los lados, o desbordando las lindes, crecían las flores amarillas de los toxos, las mimosas, las bayas de todo tipo, las frambuesas negras o rojas. Las frambuesas estaban por todas partes, cuando bajábamos a la playa las comíamos directamente; íbamos viendo si estaban en su punto, con el toque exacto de dureza, dulzor y acidez; no puedo explicar la angustia que me produce ver hoy toparme con las pobres frambuesas presas en cajas de plástico en los supermercados. El fondo de la corredoira dejaba ver que aquello era antiguo, las ruedas macizas de los carros tradicionales, diseño adaptado al terreno como pocos, habían marcado el trazado de las ruedas en el granito del suelo en algunos sitios.

La caminata era por la tarde, lo que pasaba es que el sol no se ponía hasta avanzada la hora, casi la noche, algunos días casi a las once de la noche. Así que se podía dar ese largo paseo a media tarde sin angustias y disfrutar de la caricia suave de aquel declinante sol dorado del verano.

No recuerdo que hiciera frío, ni que hiciera calor, era como si no hubiera temperatura. El abuelo decía que el clima era muy agradecido y que nuestro verano hacía perdonar los inviernos de lluvia y viento. Lo cierto es que nuestro clima no daba para permitir naranjas que se pudieran comer, pero sí permitía centenares de naranjos en las calles de la ciudad, camelias todo el año y el limonero aquel que daba increíbles y olorosos limones de piel gruesa del que el abuelo se sentía tan orgulloso. Hasta que no viajé no supe que tenía de especial todo aquello, esa maravillosa conjunción de tierra, cielo y mar que son las Rías Baixas. Tengo grabadas en el alma las puestas de sol mirando al oeste, por detrás de las islas que cierran la Ría, son cosas que no se olvidan, que forjan una identidad y te acompañan toda tu vida y que cuando las pierdes es como si te amputasen el alma.

Del camino aquel en torno a la finca recuerdo, sí, algunas cosas singulares, las libélulas enormes que entraba y salían de los maizales, un riachuelo con pozas oscuras y agua fría, con canónigos y tréboles, donde decían que había nutrias y unas viejas piedras que eran de la calzada romana. Cuando eres un niño y te dicen eso es la calzada romana, pues lo oyes y lo ves perfectamente natural, lógicamente hay calzadas romanas los sábados por la tarde cuando te sacan a pasear. El abuelo me contó que la ciudad cercana estaba ya en el itinerario de Antonino y yo me preguntaba que quién era ese Antonino, hasta que un día mi otro abuelo, que no tenía finca pero si muchas cosas que contar, me llevó al Museo que había en un Pazo muy hermoso legado a la ciudad y allí me lo explicó todo. La colección romana del museo era bastante impresionante, pero lo que me impactó fue un mensaje de una madre a su hijo muerto que estaba en una lapida, era cálido, era sentido, era muy humano, como si el tiempo no hubiera pasado y quedara claro que la gente es la gente siempre y podíamos reconocernos en ellos siempre: supe que muchos años atrás ,al abrirse para unas reformas la calle Uruguay de la ciudad, el sitio donde de aquella paraban los autobuses, se encontraron un cementerio romano enorme lleno de estelas, lapidas y mensajes. Esto me chocó bastante porque se supone que éramos descendientes de los celtas aquellos del poblado del castro que estaba en el centro de la ciudad, y ahora resultaba que había un montón de romanos más abajo que ademas se llamaban igual que nosotros. Lo que estaba claro es que les había gustado a todos el sitio, supongo que por los prados, las frambuesas y las puestas de sol. Ah, si, y el prado era conocido como ˝el prado del uruguayo˝, porque era de alguien de los que había tenido que irse que ya es desgracia.

Yo era un niño de ciudad, ciertamente, pero tuve la fortuna inmensa de vivir mi infancia con estas vivencias y con una familia que me enseñó a leer el mundo que me rodeaba».

Mi abuelo Modesto García Nóvoa (1896-1978) era médico y fue un hombre bueno que sufrió mucho y que situado ante una prueba suprema fue un héroe que se jugó la vida por los demás y tuvo el valor de desafiar a la muerte que se llevó a tantos de sus compañeros, él que amaba tanto la vida, la intimidad y la familia y el derecho a vivir dignamente. O precisamente por eso.