Ese populismo sin república / Ignazio Aiestaran

Posted on 2016/10/16

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“Este libro es fundamental para entender Podemos”, afirmó Pablo Iglesias en una universidad de Madrid, cuando presentó el libro En defensa del populismo (1). Aquella presentación fue un acto cultural y una acción política al mismo tiempo, repleta de gente que aplaudía en un auditorio repleto. Era abril de 2016, en medio de la euforia de Podemos, sin saber que perderían más de un millón de votos. El vídeo (2) de aquel acto y el libro del filósofo Carlos Fernández Liria son necesarios y fundamentales para conocer las dificultades y la importancia de este tipo de populismo, especialmente ahora que los programas políticos no se leen y, si se leen, no sirven de nada porque se incumplen. Por eso la obra de Fernández Liria constituye un libro-acontecimiento que presenta una verdad-acontecimiento en el mundo mediático y político. Así fue difundido y aprovechado como plataforma partidista para un acto electoral más. Por eso merece la pena dilucidar algunas ideas a cuento de esta obra-acontecimiento3.

Dejando aparte la máquina schmittiana de Íñigo Errejón (esto queda para otra ocasión), este libro-acontecimiento nos ofrece un ejemplo del tipo de populismo difundido en el reino de España, que está adquiriendo su propia forma respecto a otros tipos de populismo. En los siguientes párrafos analizaré parte de la estrategia política de Fernández Liria e Iglesias, sin ser exhaustivo, utilizando bastantes citas del libro, para que quede más claro el sentido original. En las citas aparecerá entre paréntesis el número de página. Una advertencia: lo que aquí se analiza es la estrategia filosófica y política de un partido y de un proyecto, no el trabajo desarrollado en cada uno de los diferentes lugares, ni la gente que ha entrado en ese proyecto. El texto de este análisis supone cierta extensión y es recomendable leerlo enteramente. El grueso del mismo está dividido en tres secciones: 1) Del despotismo ilustrado a la izquierda caricaturizada; 2) El imaginario antropológico posmoderno; y 3) El programa político: keynesianismo constitucional sin ruptura. La tercera sección es la más extensa. Al final, lectora o lector, tienes una breve sección, la cuarta, con algunas reflexiones, como cierre del texto. Por adelantar algo, se puede afirmar que el libro completa la fotografía de una época, la radiografía de la ausencia de pensamiento e imaginación ante el patriarcado y el capitalismo.

Del despotismo ilustrado a la izquierda caricaturizada

Las teorías políticas autodenominadas “populistas” tienen como referencia el pueblo, pero algunas de ellas presentan una paradoja: hablan en nombre del pueblo, pero no creen en el pueblo. Por esta razón, este tipo de populismo sin pueblo es partidario de un dirigente carismático y se desliza con facilidad hacia un modelo cercano al despotismo ilustrado. No se trata de una república sin dioses, sino de una iglesia renovada de creyentes que necesita estar siempre bajo una figura carismática. En el prefacio al libro de Fernández Liria, Luis Alegre Zahonero deja claro que en este caso la figura carismática es Pablo Iglesias: “Y es sin duda verdad que una iniciativa de este tipo habría resultado imposible (total y absolutamente imposible) sin el liderazgo carismático de una figura como Pablo Iglesias” (22). Lo mismo dirá entre dientes Fernández Liria: “todo grupo, para poder ser grupo, es carismático. Y no se puede querer lo uno sin querer lo otro. La lógica de un nosotros político exige un cuerpo reunido en torno a una invocación personalizada” (p.72). Esta “invocación” no es el lenguaje de la política atea, sino el de la religión; de hecho, Carlos Fernández Liria ha introducido un capítulo sobre la religión en su libro, titulado “Razón y cristianismo” (p.138-161), donde junta catolicismo y populismo, acercándonos al oído la voz de la vieja teología política, al modo de la estrategia clásica de Carl Schmitt, pero en esta ocasión por medio de la posmodernidad psicoanalítica: “El populismo moderno se pregunta cómo moverse con eficacia en un universo de síntomas afectivos imprevisibles. Los católicos, en cambio, hace milenios que encontraron la respuesta al mismo problema” (p.145). Y, ¿cuál es la respuesta en esta cuestión? El proselitismo cristiano: “El potencial proselitista del cristianismo es, además, impresionante” (p.144). Por eso, para crear un líder carismático, se tiene que usar incluso el crucifijo, si es preciso:

“El populismo de izquierdas fue más valiente o, por lo menos, más realista. Ya hemos aludido a ello: el paradigma, sin duda, lo representó Hugo Chávez levantando, ante las cámaras de televisión, en una mano la Constitución de la República y, en la otra, un crucifijo” (p.152).

En esta versión, el modelo de jefe carismático se vincula de un modo patriarcal y religioso, al estilo de un profeta, desde una mitomanía teológico-política posmoderna:

“Podría decirse que nos topamos aquí con un principio transcendental de las formaciones políticas. En resumen, un grupo no se puede representar como un círculo cerrado por una circunferencia. Es preciso, para que exista el cierre, un elemento exterior al sistema. Por tanto, un grupo será en todo caso un cono. Es preciso un mediador, un jefe, un Dios para cerrar una superficie. Nada puede ser cerrado en lo horizontal sin levantar una verticalidad. Esto es tanto como decir que no hay grupo si no hay religión. (…) Organizar es sacar lo uno de lo múltiple. Pues nada puede cerrar un sistema si pertenece a él. El uno en cuestión capaz de cerrar el grupo será real o simbólico, físico o mítico. Pero, en cualquier caso, será sagrado: faraón o secretario, comandante o sacerdote” (p.48).

Un ser sagrado, un nuevo faraón, un nuevo dios. En opinión de Fernández Liria, es necesario un nuevo mito. Esto no parece republicanismo, sino, más bien, proselitismo. En otro lugar nos dice este filósofo que lo político siempre es religioso:

“Al emprender cualquier tarea política hay que resignarse a un hecho que casi podría considerarse material: lo absoluto forma parte siempre de la condición de posibilidad de lo político y, por lo tanto, lo político no puede prescindir de lo religioso” (p.48).

De aquí concluirá que el gobierno del pueblo por el pueblo es imposible y que defenderá la Ilustración (¿cómo?, ¿con este proselitismo romántico posmoderno?), pero, como la capacidad de autogobierno no es hecha por el pueblo –en su opinión, porque es una contradicción– dejará las puertas abiertas a una forma de despotismo ilustrado:

“Este tipo de consideraciones son, desde luego, un jarro de agua fría para ciertas esperanzas de la Ilustración (que, sin embargo, vamos a intentar defender pese a todo). (…) Si nos tomamos en serio lo anterior, tenemos que concluir que la autorregulación de lo múltiple (‘autogestión’ generalizada) es un mero flatus vocis: ‘El gobierno del pueblo por el pueblo’ es una noción contradictoria” (p.49).

Esta formulación no es política nueva, sino el viejo despotismo ilustrado: «Todo para el pueblo pero sin el pueblo». Muchos teorizadores de España tiene un gran problema con la Ilustración. Como en su historia ha sido una nación sin Ilustración, todavía no saben qué hacer ni con la Ilustración, ni con la idea de una república. Goya lo ilustró y representó perfectamente en sus obras de arte con todos sus claroscuros.

Para que este populismo despótico ocupe su lugar en España, ha intentado borrar los vestigios de la izquierda igualitaria. En esta estrategia de borrado y amnesia, a la hora de ridiculizar a la izquierda, no han tenido dudas. Los nombres más célebres de Podemos han desarrollado reiteradamente esta propaganda. En esto, Carlos Fernández Liria no ha sido una excepción. Para ello ha usado una caricatura de la izquierda, empleando incluso un galimatías reduccionista donde le cabe de todo con tal de denigrar cualquier atisbo que le suene a izquierda:

“La izquierda siempre intenta inventar la pólvora, ese fue, como ya hemos venido diciendo en este libro, su máximo error. Se empeñó en construir un ‘hombre nuevo’, a veces estajanovista, a veces marxista, a veces guevarista, a veces deleuziano, foucaultiano o negrista, denunciando las instituciones republicanas de toda la vida como una superestructura ideológica ligada al capitalismo. Así, el derecho, la ciudadanía, las libertades individuales, la separación de poderes, el parlamentarismo, la democracia representativa, en general, se identificaban como cosas burguesas, frente a las cuales había que ‘inventar algo mejor’ (como dice Foucault en un famoso texto: ‘Primero destruyamos lo que hay, luego ya se nos ocurrirá algo’). El negocio era bárbaro, desde luego; de este modo, el enemigo se apropiaba de Kant, Locke, Rousseau o Montesquieu, y nosotros nos quedábamos con Stalin y Mao o con algunas lúdicas ocurrencias heredadas del 68” (p.127).

A juicio de Fernández Liria, en este mundo capitalista y nihilista no hay urgencia de inventar nada. Todo está dado y hecho en esta democracia: solo hace falta ocupar las instituciones y cumplir la ley. ¿Para qué leer a Marx, a Foucault o a Angela Davis, mientras tengamos a mano a Kant, a Locke y a Montesquieu? A veces suena como el eco socio-liberal de un Jürgen Habermas en la Europa de la burocracia y de las formas.

Desafortunadamente ha empezado a difundirse entre otros autores esta caricatura de la izquierda. Hace poco, en un debate sobre la hegemonía de las guerras culturales, el músico y cantante Nacho Vegas escribía el artículo “Sugiero populismo” (4) y allí tomaba como eje la tesis principal del libro de Fernández Liria (es verdad, por lo menos, que la perspectiva de Vegas se nos presenta como más abierta y crítica, y que tiene la facultad para mostrarnos los debates de Podemos). Desde este eje, parece que la izquierda ha sido nula en el campo cultural a la hora de generar productos populares y para el pueblo (5): esta tesis no se justifica fácilmente, ni en la historia político-cultural de América, ni en la de Europa, ni dentro del Estado de España si analizamos todos sus rincones y pueblos. De hecho, Nacho Vegas, a pesar de hacer suyas las tesis de Fernández Liria, citaba referencias como Billy Bragg o Violeta Parra. Aunque se sumerja en la izquierda caricaturizada de Fernández Liria, por lo menos Nacho Vegas tiene la capacidad de pedir “poder popular”.

El imaginario antropológico posmoderno

Como en esta teoría política el pueblo no es nada y se desconfía de su capacidad permanentemente, este tipo de populismo academicista recurre con frecuencia a una forma de psicoanálisis de masas (como ya se ha visto en la sección precedente) y desarrolla, en consecuencia, su propio imaginario antropológico posmoderno, para intentar demostrar la falta de capacidad de raciocinio y decisión del pueblo. En el caso de Carlos Fernández Liria, el origen de nuestros males se resume rápido antropológicamente: solo somos simios parlantes que se masturban. Y para que se vea que no es una exageración, aquí traigo sus palabras, literalmente:

“Al mismo tiempo que hablamos, tenemos que satisfacer en el lenguaje algo así como la ‘rabieta absoluta’, la rabieta de un niño que se niega a aprender a hablar. Y mientras nosotros hablamos, al mismo tiempo, el niño que fuimos se masturba con el lenguaje. Ese juego onanista a veces nos deja, de vez en cuando, decir algo, quizás a veces mucho, pero la condición es esa. Somos humanos porque hablamos, pero, como condición de nuestra humanidad, hay un simio que necesita el lenguaje para masturbarse. Un simio que se masturba con palabras” (p.186).

Por medio de este psicoanálisis barato de bolsillo, semejante ideología es capaz de representar la historia del mundo y la antropología política, sin temor alguno:

“Parece que vivimos en un mundo hipercomunicado, en la sociedad de la comunicación y, sin embargo, desde otro punto de vista (que fue precisamente el de Sócrates), todo el mundo está masturbándose, cuando habla y cuando actúa, y a veces, incluso dice que está haciendo el amor” (p.186).

Si Fernández Liria se ve a sí mismo de esta guisa, si se toma su vida por la de un simio onanista, no tenemos problema alguno con ello. Sin embargo, en el campo de la antropología su teoría es pobre: si siempre fuéramos solipsistas onanistas, la política colectiva estaría de sobra. No, no vivimos en el mundo onanista del marqués de Sade. Por supuesto, en política no somos ni ángeles, ni demonios, sino mamíferos cooperativos parlantes llenos de defectos. En antropología política yo prefiero un trabajo como Gizabere kooperatiboaz (Acerca del animal humano cooperativo) (6) de Joxe Azurmendi, porque frente al capitalismo nihilista me es más cercano y necesario en mi vida, en mi barrio y en la política actual.

En cuanto al fundamento antropológico, he encontrado un paralelismo: Joxe Azurmendi criticaba el reduccionismo antropológico, rechazando el gen egoísta de Richard Dawkins. No somos genes solitarios, somos “algo” más en la vida o en la sociedad, tanto biológica como socialmente. Lo mismo me ocurre con el simio onanista parlante de Liria: es una imagen muy reduccionista y pobre. Y aquí se nos presenta un riesgo que puede tener consecuencias más allá de lo pensado: con esa representación ideológica se desprecian y minusvaloran las capacidades y facultades del pueblo. Con este tipo de pensamiento somos y seremos simios o infantes que se masturban. Lo ha dejado claro el ilustrado Fernández Liria: “Cuando se trata de organizar un movimiento político, hay que contar con que lo normal es la masturbación” (p.202). He ahí la voz ilustrada del sacerdote posmoderno, la del tutor masculino que quiere salvar nuestras vidas y corregir nuestros vicios: “Una humanidad que se masturba con el lenguaje necesita instituciones” (p.220). Parece el nuevo catecismo posmoderno, en busca de una nueva iglesia para su proselitismo.

El problema es que esta antropología de Fernández Liria ha tenido su eco en política. Cuando el político Pablo Iglesias presentó este libro hizo alusión a esta parte del libro y sus pasajes pseudo-psicoanalíticos, resumiéndolos en una frase: “Podemos funciona porque es sexy” (7). ¡Porque es sexy! El esnobismo onanista no tiene precio en el narcisismo político. Es tragicómico escuchar semejante cosa bajo el patriarcado capitalista. La política es de todo, menos sexy, sobre todo en una sociedad donde la homofobia, los feminicidios y la discriminación de las mujeres siguen marcando la agenda diaria, ante la pasividad del estamento político.

El programa político: keynesianismo constitucional sin ruptura

Tanta palabrería sexy, tanta retórica posmo, pero, ¿qué programa político nos trae este tipo de populismo? Pues, llegados a este punto, además del humo que venden, su programa es el de la habitual socialdemocracia de ayer, nada más. Son puros reformistas keynesianos, sin intención de ruptura ante el orden constitucional del reino de España (en este programa no hay lugar para un proceso constituyente: están preparados para aceptar y ocupar las instituciones, sin transformar la arquitectura constitucional del Estado). En general, sus propuestas son reformistas, sin sobresaltos, ni asaltos a los cielos. Veámoslo.

¿Qué piensa Fernández Liria del cambio político? “El máximo de divinidad al que puede aspirar el ser humano se llama progreso, civilización, derecho a la reforma” (p.225). Lo que tiene en mente es solo la Ilustración reformista, tanto en la época de Kant, como en la de Merkel. Las revoluciones y las rupturas no son necesarias en la historia: “La razón, por su parte, tampoco pide la luna. No necesita, desde luego, de una revolución permanente y siempre en escala ampliada, como el capital. Se conformaría, sin duda, con ejercer el derecho a la reforma, lenta, tranquila y precavidamente” (p.232). Esta reforma lenta y tranquila no es la herramienta más idónea, cuando el neoliberalismo ha destrozado la naturaleza, revolucionado el mundo y borrado la política. Con este programa siempre irán detrás de los acontecimientos, porque el capitalismo actual es veloz y revolucionario (sí, el capitalismo es revolucionario, como muy bien entendieron y aplicaron con toda su eficacia Margaret Thatcher y Ronald Reagan).

Desde este punto de vista, la función y utilidad de Podemos es ser parte de una socialdemocracia reformista, en una Europa keynesiana con Syriza y Podemos a la cabeza: “Desde Syriza y desde Podemos se ha buscado regresar a una normalidad política de lo más prosaica en otros tiempos. Leyendo a Varoufakis o a su asesor Galbraith –o en España a Vicent [sic] Navarro, que elaboró el programa económico de Podemos– uno no ve más que un intento desesperado de regresar a una cierta sensatez keynesiana, como la que hubo en España hasta los años ochenta. Se demanda algo de lo más normal: un Parlamento que pueda legislar sobre la economía. No queremos algo mejor que la democracia o el parlamentarismo” (137). Syriza y Podemos en política, Varoufakis y Keynes en economía. Este es todo el programa económico, al estilo del parlamentarismo socialdemócrata de España: un clásico que nos ha traído a la catástrofe política y económica de hoy. Frente al capitalismo el parlamento es la última palabra en democracia, con toda su voluntad y buena fe.

Su perspectiva internacional es esta. En relación al Estado español, siendo el parlamentarismo la última palabra, aceptan también todo el orden constitucional (a excepción, quizá, de la reforma del artículo 135).

“Por ahora, Podemos se ha limitado a entrar en el Parlamento y jurar la Constitución. Podemos no ha buscado algo mejor que la política. Podemos no ha hecho gala de haber encontrado una nueva forma insólita de hacer política hasta ahora jamás ensayada. Su interpretación del 15-M ha sido más bien la contraria: con mucha moderación, se ha empeñado en que la política sea, sencillamente, un poco más parecida a lo que la política dice ser. (…) Nadie pone en duda que la política es sobre todo eso, eso que dice la Constitución” (p.136).

Están de acuerdo con lo que manda el orden constitucional y, en caso de entrar en el parlamento de España, los problemas sistémicos se resolverán con una reforma lenta. ¿Con más Keynes? ¿Con la agenda desconocida de Varoufakis? ¿Con los chistes ocurrentes pero reformistas que escribe Slavoj Žižek a favor de Tsipras8? Al final, keynesianismo, parlamentarismo, orden constitucional, reformismo y buena voluntad vacía. Dust in the wind, como en la canción. O como en la España del PSOE de 1982. Así, queriéndolo o no, este tipo de populismo repite los tics de la vieja Cultura de la Transición.

“En Podemos queremos salvar todo lo que Ciudadanos y el bipartidismo dicen defender, pero salvarlo del modelo económico que Ciudadanos y el bipartidismo consisten en apoyar. Bueno, bonito y barato… concreto, firme y de centro. El más difícil todavía” (p.130).

Bueno, bonito y barato para todas y todos. Sin conflictos. Eso no es lo más difícil, sino lo imposible: la promesa del centro político de siempre, el humo del social-liberalismo reformista que no ha cambiado el mundo patriarcapitalista. Sin andarse con rodeos, Fernández Liria nos asegura que este “programa” es contrario al sistema: “Nuestro programa puede ser muy preciso, muy de centro y muy antisistema a la vez” (128). Tan pronto como lleguen a las instituciones, todo el sistema cambiará por arte de magia: la judicatura, el parlamento, el senado, la monarquía, el ejército, la constitución, el centralismo, la corrupción, la banca, el capital, el trabajo, el patriarcado, la iglesia, la xenofobia, el periodismo, la educación, la salud, el urbanismo, la plurinacionalidad y el plurilingüismo. Todo esto lo resolverán, sin ayuda del resto.

El movimiento 15-M no fue muy radical en sus planteamientos, pero por lo menos puso en duda los mecanismos democráticos del sistema español (en aquella época se empezó a hablar de los “procesos constituyentes” contra la Cultura de la Transición del viejo régimen). Ahora, sin embargo, todo esto ha desaparecido, pero los apologistas de Podemos nos aseguran que ellos son hijos de ese movimiento: “Entre muchas de las tendencias anarcolíquidas del 15-M, Podemos supo extraer de ahí la defensa de las instituciones frente al anarcocapitalismo de los mercados. Dio el paso, en suma, hacia las instituciones” (121), dice Fernández Liria, poniendo patas arriba la historia de la movilización del 15-M e invirtiendo su sentido. Para borrar los últimos vestigios del movimiento 15-M, Pablo Iglesias y Fernández Liria han empleado un argumento: las instituciones no tienen mucho que ver con la calle y las plazas (en esto son lo contrario de la reivindicación principal del 15-M). No sabemos cómo podrían entrar en las instituciones sin esa “calle”: ¿acaso con un populismo sin plazas, ni vecinas, ni convecinos? ¿Tal vez con los votos de jóvenes de clase media y con campañas millennial posmo metropolitanas en Twitter?

Citaré por extenso ahora un pasaje del libro En defensa del populismo, un párrafo bastante mencionado, donde Fernández Liria subraya la importancia de las instituciones, fuera de la calle:

“Lo nuevo no es estar en la calle, eso ya lo habíamos probado y lo vamos a seguir probando por la cuenta que nos trae. Lo que sí que es una novedad es tener diputados, concejales y alcaldes en las instituciones. Eso no lo habíamos ensayado demasiado. Tener una televisión, como la que inventaron Pablo Iglesias y Juan Carlos Monedero en su momento, eso la izquierda de este país no lo había probado. Lo que no habíamos probado, lo que sí es una novedad es tener a Ada Colau de alcaldesa de Barcelona. Las instituciones, en suma, nunca las habíamos probado. ¿Qué pasaría si, además de en La Tuerka, tuviéramos la posibilidad de intervenir en Telemadrid, en Canal Sur, en TVE? ¿Qué pasaría si tuviéramos policías que, en lugar de detener emigrantes, investigaran y detuvieran banqueros? ¿Qué pasaría si nuestros compañeros y compañeras antisistema empezaran a ser inspectores de hacienda, jueces, periodistas, alcaldes, concejales, consejeros?” (p.122)

Todas las debilidades de este populismo quedan al descubierto en esas frases sin memoria:

1- Separar de la calle las instituciones es una estrategia miope en política: Ada Colau alcanzó la alcaldía de Barcelona, por caso, después de luchar en la calle contra los desahucios durante años.

2- Fuera de dos o tres metrópolis, la eficacia de la audiencia y el formato de La Tuerka han sido relativas: la realpolitik no es solo el mundo de la juventud youtuber de Madrid. ¿Alguien, por ejemplo, se acuerda del mundo rural? Los debates televisivos tienen su tiempo, su medida y su limitación, así como un umbral de recepción.

3- En la historia de España conocemos una “izquierda” que intentó ocupar las instituciones: el PSOE. Y todas y todos sabemos qué le sucedió a ese social-liberalismo en las instituciones, desde la reconversión industrial de Felipe González al artículo 135 de José Luis Rodríguez Zapatero.

4- Y qué decir de la policía: en el Madrid de Manuela Carmena y, sobre todo, en la Barcelona de Ada Colau, se detienen a manteros y vendedores en la calle. No sabemos qué harían con los banqueros, pero con los inmigrantes hemos visto su clasismo y neoliberalismo, aunque luego hablen de ciudad-refugio con el lema “refugees welcome”.

5- Lo de “antisistema”: la judicatura, el periodismo y la policía no cambiarán de un día para otro. Es una simpleza pensar así. ¿En qué mundo viven? Luego, cuando llegan a las instituciones, nos dicen que las instituciones no se cambian fácilmente. No. El problema no es solo las instituciones: se trata de una falta de realismo-materialismo sobre los mecanismos hegemónicos.

Hay otro problema grave: el modelo que ha puesto sobre la mesa este populismo en el reino de España. A microescala municipalismo, a macroescala la toma de las instituciones del Estado, y entremedias saltar y saltar en el vacío. Al desarrollar una política integral tenemos niveles y realidades diversas: el municipio no es el territorio, el territorio no es el Estado y el Estado no es la Unión Europea. En la lectura política de Fernández Liria, sin embargo, no hay problema: todo se arreglará ocupando todas las instituciones.

“No era difícil de entender. Y no es tan difícil de entender que lo mismo podría hacerse con nuestras tan vilipendiadas instituciones: un Parlamento es un Parlamento, solo bajo determinadas condiciones se convierte en una estafa; un ayuntamiento es un ayuntamiento, solo bajo determinadas condiciones se convierte en una cueva de ladrones; un tribunal es un tribunal, solo bajo determinadas condiciones se convierte en una broma de mal gusto. No se trata, pues, de inventar algo mejor o más lúdico, creativo o transversal que los parlamentos, los ayuntamientos y los tribunales, sino de cambiar sus condiciones” (p.123).

Es un análisis demasiado simplista que, por ejemplo, no piensa las interacciones entre diferentes instituciones y realidades. Sí, las condiciones son básicas en las instituciones, pero el diseño y la arquitectura de las instituciones también. Aquí el republicanismo de Fernández Liria no es republicano: en cuanto al Estado y las instituciones, no nos dice nada. Esta tendencia es sintomática en las tendencias dominantes en Podemos: piden el cambio de gobierno, sin cambiar el Estado. Sin saberlo, este tipo de populismo refuerza el consenso de la Cultura de la Transición sin quererlo: recordemos cómo reivindicaron la palabra “patria” en las elecciones generales de junio de 2016 sin debatir el diseño y la arquitectura del Estado (he ahí llamando a la puerta una deriva peligrosa del populismo: ¿Quién decidirá esa “patria”? ¿Acaso el líder de este populismo? ¿Tal vez la élite del núcleo irradiador? Al final sería una decisión tomada de arriba abajo). En este tema tenemos un populismo sin república, muy cercano al habitual “republicanismo” monárquico vertical español, el de siempre: ayer eran juancarlistas, hoy felipistas, pero siempre dentro de la Segunda Restauración Borbónica, fortaleciendo el centralismo económico y político de España (aquí hay que traer a colación el “madridocentrismo” denunciado por Simona Levi: “De madridocentrismo e independencia” (9). De hecho, Fernández Liria no critica la monarquía en su libro (10). Más aún, la acepta:

“(…) en Europa, hay una casta que, sencillamente, vive fuera de la ley. No es que el rey sea inviolable, es que la mayor parte de las decisiones que determinan nuestra vida cotidiana, casi todas las cosas importantes, se deciden fuera del Parlamento, en un espacio sin ley” (135).

De nuevo el parlamentarismo como criterio, dejando al margen la importancia y función de la monarquía. El Estado español no se entiende sin la monarquía desde la Transición hasta ahora. Esa cosa llamada España reside principalmente (no exclusivamente) sobre el complejo IBEX35-Monarquía: muchas veces nos han vendido que el mejor embajador de la Marca España ha sido el rey borbón. No ha sido ninguna mentira. Las corporaciones de España han hecho negocio con Arabia Saudí, Marruecos y otros países de la mano de la monarquía. Así mismo, mientras era príncipe, en plena “crisis económica”, Felipe VI hizo publicidad de los bancos en muchos sitios, vendiendo las virtudes del sistema financiero (11). Ante este centralismo económico y político de España, Podemos y Fernández Liria no tienen respuesta, en la medida en que desean mantener la arquitectura del Estado actual. Por otro lado, la monarquía representa políticamente el modelo más visible del patriarcado: cuando en el 2014 fue coronado este rey, en buena lógica de igualdad de derechos entre hombres y mujeres, hubiera sido más apropiado que la infanta Elena hubiera tenido la posibilidad de acceder a la corona o, al menos, que se hubiera escuchado si quería acceder o renunciar a ello. Sin embargo, amparándose en una disposición de la Constitución española favorable al varón, ni siquiera se abrió ese debate en los medios de comunicación y los debates políticos, y se aceptó el patriarcado otra vez como modelo indiscutible, igual que se somete la opinión pública y la política al proselitismo católico cada vez que la familia real se presenta en actos religiosos de una sola facción de fieles, ahondando más en el modelo familiar y creyente que se proyecta en los medios de comunicación, desde la prensa rosa a las tertulias políticas, que en esto son absolutamente iguales.

Por eso, al no realizar un cuestionamiento republicano del sujeto soberano sometido a la categoría de súbdito bajo este patriarcado, no hay lugar para un proceso constituyente republicano igualitario. La posibilidad de una ruptura desde un proceso constituyente queda siempre diferida con el libro de Fernández Liria y la estrategia de su partido. Y así sucede que un día proponen referéndum o proceso constituyente, otro día que no, al siguiente día que sí y al final que no… y así pasan los días del régimen. Desde esta postura está cerrada cualquier oportunidad para abrir la arquitectura del Estado monárquico de España. En estos días el único proceso constituyente republicano es el del Principado de Cataluña, pero está adormecido en su prolongado progresismo (12). A corto plazo (¿para siempre?) las repúblicas tendrán que esperar.

Una república entre iguales


En definitiva, con la formulación de esta ideología política tenemos un republicanismo sin república, un populismo sin pueblo, un parlamentarismo sin la movilización del 15-M, un centrismo socialdemócrata sin izquierda, una constitución monárquica aparentemente sin casta, un centralismo sin ruptura, un idealismo inocente sin utopía, un pragmatismo jerárquico sin materialismo. En este populismo todo es forma, no hay fondo.

La nueva política no es tan nueva si se analiza en un plano más amplio, desde la Cultura de la Transición española. Fernández Liria nos recuerda el programa-guía utilizado por Santiago Alba Rico:

“Es algo que Santiago Alba resumió perfectamente en lo que, por mi parte, considero el mejor programa político que ha de servirnos –y que debería habernos servido– de guía para todas las luchas del futuro: debemos ser revolucionarios en lo económico, reformistas en lo institucional y conservadores en lo antropológico” (98).

Revolucionarios en economía, reformistas en las instituciones y conservadores en antropología. Eso dicen, pero, de facto, no pasan de ser reformistas en economía, conservadores en las instituciones e imaginarios en antropología.

Este tipo de populismo confunde el método con una finalidad suspendida en el vacío, difuminando incluso la frontera entre la verdad y la mentira, lo cual parece llevar a un callejón sin salida, pues ya hasta una revista como The Economist asume que vivimos en el mundo económico y político de la “post-verdad” (13). Situar el debate político y los programas en ese vacío sin referencias (a excepción de una sola referencia, la del liderazgo carismático), es algo tremendamente empobrecedor y algo que el populismo capitalista sabe manejar con mayor verdad o apariencia de verdad. Por otro lado, dado que el dinero funciona como un equivalente vacío, asegurando la equivalencia universal del dinero y del capital, someternos contantemente a una ausencia de referencias nos deja sin herramientas para reconstruir lo ya devastado en este capitalismo feroz. Ante el carácter nihilista del capitalismo, una ideología que busque romper la hegemonía con idas y venidas en su discurso, añadiendo más vacío al vacío, no puede ser sino otro síntoma en la catástrofe.

Dice Alain Badiou en La vraie vie (14) que hay una contradicción fundamental en el mundo moderno, ya detectada por Marx, que hoy se torna más visible que nunca: el capital se presenta con una visión aparentemente a-simbólica, en la medida en que disuelve las viejas jerarquías simbólicas, pero en beneficio de las jerarquías reales disimuladas por la neutralidad monetaria y la realidad fascistizante, junto con una violencia espectacular destinada enmascarar lo que en el fondo siempre pretende, a saber, el regreso a las viejas jerarquías. La creación de un simbolismo igualitario solo podrá crearse si se desenmascaran sin retóricas vacías los mecanismos desiguales y se presentan alternativas creíbles y eficaces, añadiendo más verdad a la ausencia de verdad, e incluyendo diversos grupos y sectores que se ven afectados por este carácter nihilista y empobrecedor que solo cree en “las aguas heladas del cálculo egoísta”. Crear un simbolismo igualitario que se oponga al valor (simbólico) del capital supone plantear con mayor rigor la justicia desde una república entre iguales, así como plantear de manera más radical cuestiones clásicas como la función del trabajo, el valor de cambio y (la posesión de) los medios de producción. Esta república entre iguales no se puede conformar con una categoría tan indeterminada como la “gente” y, desde luego, tiene que realizar una reformulación de la categoría de “pueblo(s)”. Seguramente no es el momento de plantear estas cosas, porque nunca ha sido, ni será el momento, en el consenso de la Cultura de la Transición.

Con aciertos y con errores, los populismos de América del Sur tomaron en cuenta las condiciones materiales e históricas en las repúblicas constituyentes americanas. En el último ciclo político de España el objetivo del populismo fue inicialmente el proceso constituyente, luego tomar las instituciones al asalto, después la ventana de oportunidad y, al final, un catálogo de IKEA, en nombre de la patria de la gente. Hasta ahora, sin una gran retórica academicista, el populismo más eficaz en España ha sido el del Partido Popular. Eso sí que es populismo materialista, a favor del patriarcado y del capitalismo, sabiendo manejar los resortes del Estado fallido de la cosa-España.

Termino. No pretendo con estas simples notas deslavazadas hacer un diagnóstico exhaustivo, ni convencer a nadie en el mercado de las opiniones. Solo quiero expresar ciertas ideas desde el hartazgo ante la feria de las vanidades y las confusiones. La política no es sexy, como saben las personas refugiadas, inmigrantes, las mujeres, las personas desahuciadas, desempleadas, trabajadoras, torturadas y los muertos, esos cuerpos olvidados que también forman parte de la comunidad política. Viene un largo otoño, muy largo. En el palacio de invierno están esperando la nieve. Y están preparados.

Notas:

1 Carlos Fernández Liria, En defensa del populismo, Los Libros de la Catarata, Madrid, 2016.

2 El acto de la presentación del libro se puede ver aquí: Ver Video.

3 Una versión previa del texto que presento aquí, más breve y menos elaborada en la argumentación, apareció en euskera: Ignazio Aiestaran, “Errepublikarik gabeko populismo hori”, blog Komunzki, 6 de septiembre de 2016.

4 Nacho Vegas, “Sugiero populismo”, Afuegos, 16 de julio de 2016.

5 El texto original de Nacho Vegas empieza con esta cita del libro de Fernández Liria que desenfoca totalmente la cuestión: “No es posible movilizar a un pueblo sin poemas y sin himnos (…) Mientras el marxismo intentaba en vano inculcar conciencia de clase mediante argumentarios, el populismo construía pueblos, porque sabía moverse en la arena de las pasiones y la afectividad” [sic]. Arrojar por la ventana todo el legado cultural de la izquierda y del marxismo (con sus aciertos y errores) a través de estas frases es no responder a la verdad, además de suicida. No voy a enumerar la cantidad de poetas, artistas o de otras ramas de la producción cultural que han pertenecido a esta tradición, porque no habría artículo, ni libro, que pudiera en su limitado espacio recoger todos sus nombres.

6 Sobre la importancia del libro de Joxe Azurmendi, ya he escrito en otro lugar: Ignazio Aiestaran, “Gizabere kooperatiboa elkarrekiko historian”, Komunzki, 21 de junio de 2016.

7 El acto de la presentación del libro, donde pronuncia esta frase y se recrea en ella, se puede ver aquí: Ver Video.

8 Un reciente artículo habla de que Tsipras y su gobierno de Syriza han supervisado y realizado privatizaciones en Grecia a una escala nunca vista desde la reunificación alemana: Eleni Portaliu, “Greece: A Country for Sale”, Jacobin Magazine, 9 de septiembre de 2016.

9 Simona Levi, “De madridocentrismo e independencia”, VilaWeb, 24 de septiembre de 2015, enlace.

10 En otros sitios sí puede que critique el sistema monárquico, pero es curioso que en el libro comentado no se destaque nada de ello y se acepte el statu quo en este punto.

11 Ignazio Aiestaran, “Lo que el príncipe dijo de los bancos”, Rebelión, 5 de abril de 2013.

12 Dicho sea de paso: cuando, de manera reduccionista, se critica que el proceso abierto en el Principado de Cataluña es algo burgués, con frecuencia se olvida que esa crítica se hace viviendo en un Estado con burguesía, aristocracia y monarquía.

13 Editorial de la revista The Economist, “Post-truh politics: Art of lie”, 10 de septiembre de 2016.

14 Alain Badiou, La vraie vie , Fayard, París, 2016, p. 47.